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Podríamos decir que identidad es todo aquello que responde a la pregunta “quién soy”. Sí, ese conjunto de rasgos propios de un individuo que lo caracterizan frente a los demás. En psicología, la identidad engloba aquellas experiencias, actitudes, valores, significados, preferencias o creencias que generan particularidad, creando un sentido integrado de quienes somos.
Para el gran Otto Kernberg, una identidad cohesiva y saludable consiste en la presencia de un concepto integrado del sí mismo a través del tiempo y de situaciones diferentes, así como un concepto integrado de y ante las personas significativas.
Muchas de las dificultades que confronta la persona con TLP o con un rasgo límite acentuado se relacionan con la regulación emocional y la fragilidad identitaria, es decir, con la escasa consistencia e integración de su identidad. Son diferentes las formas en las que se puede manifestar esta vulnerabilidad identitaria. En consulta las manifestaciones más comunes se relacionan con el sentimiento de vacío, la ausencia identitaria, la excesiva influencia del contexto, los estados disociados o la identidad simbiótica en las relaciones afectivas.
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ToggleIdentidad en el SXXI
Para entender la fragilidad de la identidad en el trastorno límite de personalidad, es importante observar la complejidad del contexto social y cultural actual. Hablamos de personalidades borderline y vivimos en un entorno cada vez más limite.
El célebre filósofo coreano Byung-Chul Han analiza en su ensayo “El enjambre” de que forma la revolución digital, internet y las redes sociales han transformado la sociedad y las relaciones humanas. Han expone las diferencias entre la masa clásica y la nueva masa, a la que llama el enjambre digital. Las redes reflejan una realidad mejorada y saturada de color que hace que la realidad más tangible genere frustración. La comunicación digital es tan rápida, eficaz y atractiva que genera cierta evitación del contacto mundano. Paradójicamente la hiper conectividad podría estar generando aislamiento, pobreza en los vínculos y sentimientos de inadecuación.
Las nuevas tecnologías permiten mantener relaciones, directas o indirectas, con un círculo cada vez más vasto de individuos y realidades. Asumimos un rol y un tono adecuado a cada interacción. La construcción identitaria es social, poliédrica y consta de múltiples capas. En muchos aspectos, estamos alcanzando lo que podría considerarse un estado de saturación. Gergen en su influyente “El yo saturado” defiende que la exposición continuada a diferentes contextos podría estar deteriorando la coherencia identitaria individual. En la saturación nos percatarnos de que cada verdad sobre nosotros mismos es una construcción momentánea, válida sólo para un entorno específico, un momento determinado y en la trama una relación.
TLP y redes sociales
En la generación previa, el circulo en el que se construía la identidad se restringía a referentes familiares, vecinos y grupo de iguales. Eran interacciones reales, tangibles, que se sostenían sobre cierta consistencia y coherencia. Así, la autoimagen de un adolescente emergía de la experiencia con un otro real. La aprobación externa y validación partía de un grupo de personas con la que existía una convivencia. Las experiencias de invalidación, abandono o rechazo surgían de estas relaciones próximas.
En la generación actual, un adolescente aprende a relacionarse con el otro a partir de su núcleo familiar, el grupo de iguales y una masa informe de relaciones virtuales. Los referentes se han multiplicado, la exposición a los otros se ha disparado y en la validación externa ha entrado con fuerza aspectos tales como número de seguidores o likes.
Además, el auge de las redes sociales ha aumentado una presión normativa, aunque ya preexistente, que hace particular mella en aquellos con fragilidad identitaria. Todavía no hemos entrado en tiempos de Metaverso, sin embargo, podemos anticipar un deterioro progresivo de vínculos analógicos en favor de los virtuales. Las redes aportan inmediatez y cantidad en el número de interlocutores, son aspectos numéricos y cuantificables. Son la comida rápida, el whopper de los vínculos afectivos. Son sabrosos, y no hacen mal de vez en cuando, pero una dieta basada en likes no resulta saludable ni nutritiva.
En consulta observamos que muchos de los pacientes, especialmente los más jóvenes, se adaptan al entorno multiforme desde la idealización de las vidas ajenas y la proyección de sus propias inseguridades. Se acercan a las relaciones sexo-afectivas en un entorno de inmediatez poblado de cuerpos deseantes y deseables. Descubren el sexo en una realidad que invalida aquellos no normativos, y desde patrones rígidos ligados al consumo, o incluso la compulsión. El sentimiento de vacío, aislamiento o de inadecuación resultante se ve exacerbado ante una multitud de referentes con vidas coloridas, fructíferas y excitantes.
Las redes per se no ocasionan patología alguna. No debemos demonizar internet y la interacción virtual; sus beneficios son claros. Tampoco debemos patologizar un entorno simplemente por su novedad. La complejidad del contexto actual genera identidades poliédricas y fluidas, aspectos fantásticos si se gestan las competencias necesarias para resultar en una conciencia del yo coherente y cohesiva.
Mentalización y TLP
La “mentalización”, ese concepto acuñado por Bateman y Fonagy, dos popes del estudio de los trastornos de personalidad, es clave en este proceso. La competencia de mentalización es similar a la función reflexiva descrita por la psicología cognitiva o a algunas competencias de la tan manida inteligencia emocional. La mentalización sería aquel proceso mediante el cual entendemos a los otros y a nosotros mismos en términos de estados subjetivos (motivaciones, pensamientos, emociones), y la estrecha relación de nuestras conductas con los mismos (Bateman y Fonagy, 2006).
La mentalización no es una capacidad estática y unitaria, sino una habilidad dinámica y multifacética. Es una competencia aprendida y profundamente social: como seres humanos, generalmente (y automáticamente) formamos creencias sobre los estados mentales de aquellos con quienes interactuamos, y nuestros propios estados mentales están fuertemente influenciados por estas creencias. Aquel cartesiano «pienso, luego existo» no referiría una competencia innata. Se trataría de un logro, siendo el resultado de un proceso evolutivo que desgraciadamente puede torcerse en determinadas circunstancias. La mentalización sería aprendida en etapas tempranas y en un contexto social de apego seguro.
La mentalización reducida es transversal a la problemática del TLP y de otros muchos pacientes. Especialmente aquellos con diagnósticos incluidos en el clúster B, además del TLP, el trastorno histriónico de la personalidad, eltrastorno narcisista y el antisocial. Son casos en los que se ha crecido en un entorno invalidante, con o sin trauma simple o complejo, y el resultado es una identidad frágil o fragmentada. Desde este déficit, la complejidad del entorno puede boicotear el desarrollo de un yo coherente y cohesivo.
El abordaje de la identidad y el desarrollo de las competencias de mentalización (o función reflexiva) deben ser aspectos nucleares sobre los que el psicólogo o psicóloga debe vertebrar cualquier proceso terapéutico ligado a pacientes con un rasgo límite.
David Martín Escudero
Bateman, A. Fonagy, P. (2006). Mentalizing and borderline personality disorder. The handbook of mentalization-based treatment. John Wiley y Sons Inc.
Byun-Chul, H. (2014). En el Enjambre. Herder.
Gergen, J.K. (2006). El yo saturado: dilemas de identidad en el mundo contemporáneo. Ediciones Paidós.
Kemberg, O. (1989). Psicoterapia Psicodinámica del Paciente Limítrofe. Ediciones Paidós.







