Hace unos años un paciente me espetó en consulta: “¿Por qué, desde que tengo uso de razón, tengo esta tendencia a sufrir y liarla parda?” Se trataba de un joven con un rasgo límite muy pronunciado. Y es una pregunta con muy difícil respuesta. No hay certezas en las causas del Trastorno Límite de Personalidad (TLP). Eso sí, podríamos decir que existe cierto consenso en atribuirlo a la interacción de un entorno complejo y una vulnerabilidad genética.
“Mommy”, película ambientada en una versión ficticia de Canadá, muestra una atípica relación madre hijo en la que alternan momentos de ternura y afecto con otros de conflicto y tensión. El rasgo límite atraviesa ambos personajes y el vínculo que transitan ejemplifica un estilo de apego desorganizado.
“Al parecer sufre algún trastorno afectivo o como se llame. De pequeño estaba bien. Creíamos que era… hiperactividad, eso es. Pero murió su padre hace tres años… […] Por cierto, Steve. Lo de esta tarde. Steve es violento. Es un trozo de pan y muy carismático. Pero cuando se le cruza el cable… cuanto más lejos mejor. Pero yo, yo a mi hijo no lo toco, ¿ok?”
Mommy, Xavier Dolan (2006)
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El Trastorno Límite de Personalidad emerge de un patrón de inestabilidad de las relaciones interpersonales, autoimagen y afectos, con una marcada impulsividad, que acostumbra a manifestarse en la adolescencia y se presenta en una variedad de contextos.
Otto Kemberg (2000) caracterizó la personalidad límite como aquella con una conexión con la realidad conservada, aunque vulnerable en estados afectivos intensos, y con un predominio de defensas primitivas del yo que resultan en una identidad frágil y relaciones afectivas intensas y conflictivas. Son muchas las formas que puede manifestarse el rasgo límite, sin embargo, podemos encontrar unas características estructurales comunes, estables y duraderas entre las que figuran las siguientes:
- Relaciones interpersonales intensas y conflictivas.
- Alteraciones de su experiencia de la realidad (aunque no existe una pérdida contacto con la realidad compartida como ocurre en algunos pacientes psicóticos).
- Fragilidad de la identidad.
- Dificultades para una comprensión estable y profunda de los demás.
- Déficit de control de impulsos.
Causas del TLP
El TLP no presenta una causa única y específica. La mayoría de sus investigadores y teóricos concuerdan en que emerge de una compleja interacción de factores biológicos y genéticos con otros de tipo ambiental. Los primeros hacen referencia a la predisposición genética y/o alteraciones en el funcionamiento cerebral. Los segundos incluyen aquellas experiencias tempranas con tinte traumático como son abuso, negligencia, abandono o entornos afectivos invalidantes.
La investigación ha vinculado el TLP al neurodesarrollo. Se considera que es el resultado de la interacción entre una vulnerabilidad determinada biológicamente y una serie de circunstancias ambientales estresantes que comprometen el proceso de maduración emocional de la persona.
En la mayoría de los casos, la personalidad limítrofe comienza a manifestarse en la adolescencia. La capacidad para regular las emociones negativas es más baja de lo común. La impulsividad es elevada y aparecen comportamientos poco adaptativos para gestionar el malestar, como son las autolesiones o el consumo de sustancias. El adolescente ve afectado su funcionamiento en diferentes ámbitos: relaciones familiares, vida social y sexoafectiva y rendimiento académico. En este contexto comienza a desarrollarse un patrón de relaciones interpersonales caracterizado por la inestabilidad y la dependencia. La precocidad en la aparición de estas dificultades suele ir asociada a una mayor impulsividad, mayores problemas de conducta y riesgo de suicidio.
Factores genéticos
La evidencia científica disponible sugiere que el TLP presenta un importante componente genético.
Los estudios desarrollados con gemelos han sido especialmente relevantes para analizar la influencia genética en los trastornos mentales. Este tipo de investigaciones compara las similitudes entre gemelos monocigóticos o idénticos, que comparten el 100% de su material genético, y gemelos dicigóticos o fraternales, que comparten alrededor del 50%.
Se estima que aproximadamente un 51% de la variabilidad asociada al trastorno podría atribuirse a factores genéticos, mientras que el 49% restante estaría relacionado con factores ambientales (Distel et al., 2010). Además, se ha observado una observaron una concordancia significativamente mayor para el TLP entre gemelos monocigóticos que entre gemelos dicigóticos, lo que apunta a una fuerte influencia genética en el desarrollo del trastorno (Distel et al. 2008; Torgersen et al. 2008).
No obstante, aunque la heredabilidad es elevada, ésta por sí sola no explica completamente la casuística del TLP, por lo que resulta fundamental comprender la interacción entre la predisposición genética y la interacción con el entorno.
Apego, trauma y trastorno límite de la personalidad
Diversos autores sostienen que el origen del trastorno límite de la personalidad (TLP) se encuentra en las dificultades surgidas durante el desarrollo temprano del apego y en la exposición a experiencias traumáticas o entornos relacionales invalidantes (Kernberg et al., 2000; Bateman y Fonagy, 2004; Mosquera, 2011; Zanarini 2000).
John Bowlby (1988) definió la conducta de apego como una tendencia instintiva, presente en los seres humanos y otras especies superiores, a buscar protección y seguridad en la cercanía de una figura significativa cuando aparecen el miedo o sentimientos de vulnerabilidad. El niño dispone de un sistema instintivo que lo impulsa, por un lado, a alejarse de aquello que le genera temor y, por otro, a buscar proximidad con aquello que le ofrece cuidado y protección. Sobre esta base se construye el vínculo de apego.
Sin embargo, cuando la figura encargada de cuidar también es percibida como una fuente de amenaza, ambos impulsos entran en conflicto y el vínculo deja de ser seguro. Mary Main, introductora del concepto de apego inseguro desorganizado, explicó que este aparece cuando el niño percibe simultáneamente a la figura de apego como refugio y como fuente de peligro (Main y Solomon, 1986). En consecuencia, el menor puede desarrollar conductas contradictorias de aproximación y evitación, mostrando respuestas emocionales confusas, incoherentes y poco adaptativas frente al estrés.
Los niños con apego desorganizado pueden alternar comportamientos demandantes y dependientes con actitudes de rechazo, apatía o aparente autosuficiencia. Presentan dificultades para regular la angustia ante la separación y, aun cuando la figura de apego regresa, la ansiedad puede persistir y derivar en estados de hiperactivación emocional. Como resultado, la comunicación con los cuidadores se vuelve inconsistente, alternando momentos de cercanía y confort con otros de tensión, miedo o desregulación emocional.
Estas experiencias tempranas tienen importantes consecuencias en la construcción de la identidad y en el desarrollo emocional. Muchas personas con trastornos del clúster B, especialmente aquellas con TLP, presentan patrones de apego desorganizado relacionados con una identidad frágil y con dificultades para integrar representaciones estables y coherentes de sí mismos y de los demás.
La investigación también ha mostrado una fuerte relación entre el trauma infantil y el desarrollo del TLP. A finales de los años noventa, Mary Zanarini (1997) señalaba que más del 70% de las personas diagnosticadas con este trastorno habían sufrido algún tipo de abuso durante la infancia. En la misma década, otros estudios arrojaron conclusiones similares. Las personas con antecedentes documentados de abuso o negligencia infantil presentan una probabilidad hasta cuatro veces mayor de desarrollar trastornos de personalidad en la edad adulta (Johnson et al., 1999).
Además de las experiencias traumáticas directas, numerosos estudios han destacado la influencia del entorno familiar en el desarrollo del TLP. Johnson et al. (2008) apuntan que las personas con TLP tienen mayor probabilidad de haber crecido en ambientes familiares caóticos, inestables o emocionalmente impredecibles. De forma similar, Gunderson et al. (2011) señalan que las interacciones familiares negativas y la falta de apoyo emocional incrementan significativamente el riesgo de desarrollar este trastorno.
En muchos casos, el trauma asociado al TLP no se limita a situaciones extremas de abuso físico o sexual, sino que incluye experiencias más sutiles y persistentes, como la negligencia emocional, la invalidación afectiva, el rechazo, la inconsistencia en el cuidado o la ausencia de figuras protectoras estables. Estas experiencias pueden dificultar el desarrollo de una autoestima sólida, de una adecuada regulación emocional y de vínculos interpersonales seguros.
Basándose en los trabajos de Winnicott y Bowlby, Peter Fonagy planteó que la incapacidad de los cuidadores para reconocer y responder adecuadamente a los estados emocionales del niño puede interferir en el desarrollo de la capacidad de mentalización, es decir, la habilidad para comprender los propios estados mentales y los de los demás.
En la vida adulta, estas dinámicas tempranas suelen manifestarse en relaciones afectivas intensas e inestables, marcadas por el miedo al abandono, la ambivalencia emocional y la alternancia entre la necesidad de cercanía y el temor al vínculo. De manera similar al niño que busca refugio en una figura que también le genera miedo, la persona con TLP puede oscilar entre la dependencia y el rechazo, entre la idealización y la devaluación, o entre la entrega afectiva y la huida emocional. Esta tensión constante genera un profundo sufrimiento interno y un elevado desgaste emocional tanto para la persona como para quienes se relacionan con ella.
Desde esta perspectiva, muchos autores comprenden actualmente el TLP como un trastorno profundamente vinculado a experiencias tempranas de apego inseguro, trauma relacional e invalidación emocional, que afectan al desarrollo de la identidad, la regulación emocional y la capacidad para construir relaciones seguras y estables.
La transmisión intergeneracional del trauma
Alejándonos de cualquier perspectiva que parta de la mística de las magufas constelaciones familiares, existen mecanismos que podrían explicar la transmisión del trauma.
Carlos Pitillas (2025) ahonda en un modelo circular de las relaciones de apego inseguras, donde el malestar tiende a retroalimentarse y crecer de una forma recursiva. Es decir, el apego desorganizado parte y desarrolla a partir de las heridas relacionales no resueltas del cuidador. Hablamos de una transmisión el trauma intergeneracional. El trauma de la figura cuidadora se transmitiría al niño o niña a partir de un cuidado abusivo, negligente o simplemente incoherente o desorganizado.
En primer lugar, el cuidador cuando es expuesto a la vulnerabilidad de su niño confronta sus propios sentimientos de vulnerabilidad desatendida. De formas diversas, el contacto del cuidador con el niño detona sentimientos ligados al propio trauma.
En segundo lugar, aquellos padres con apego inseguro a menudo presentan serias dificultades para regular sus emociones y/o un déficit de competencias de mentalización. Al no haber sido atendidos de forma adecuada por sus propios padres a modular la intensidad de sus emociones, estas personas pueden verse invadidas por afectos desbordantes: la confusión, la frustración, la rabia o el propio el miedo. Todos los padres y madres pueden experimentar estas emociones, pero aquellos que proceden de historias traumáticas tienen una especial dificultad.
En resumen, a la pregunta: ¿Qué causa el TLP? Entendemos este como el resultado de la interacción entre una vulnerabilidad biológica y experiencias tempranas de inseguridad emocional, negligencia o trauma, especialmente cuando estas se dan en el contexto familiar.
David Martín Escudero
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