Home » Psicología » La ensoñación excesiva y el TDAH
Son ya varios los textos que publica esta web sobre el trastorno por ensoñación excesiva; hasta ahora ninguno exploraba su relación con el TDAH. Se trata de un fenómeno que despierta un interés creciente. La ensoñación excesiva, también llamada ensoñación inadaptada (una traducción literal de “maladaptative daydreaming”) se caracteriza por la ideación intensa y prolongada de vivencias ficticias que interfieren en la vida social y proyecto vital de la persona (Somer 2016). Es decir, una suerte de adicción a las propias ensoñaciones que compone una huida de la realidad compartida. El soñador vive recluido en sus propias fantasías, generando un metaverso privado, en una espiral de pérdida de control y malestar psicológico.
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El trastorno por ensoñación excesiva no está incluido en los principales manuales diagnósticos y por tanto es un gran desconocido, incluso dentro de la comunidad clínica. Se trata de un asunto complejo. Es importante no patologizar aquello que simplemente no es común o normativo. Afortunadamente existe un proceso exhaustivo que precede la inclusión de cualquier condición en la clasificación de trastornos mentales. Tampoco se debe generar un nuevo diagnóstico que puede ser explicado por otro ya aceptado. Sin embargo, su exclusión dificulta su estudio y comprensión, así como la investigación y difusión de prácticas adecuadas en su tratamiento.
Muchos soñadores afirman haberse sentido incomprendidos en sus periplos por los diferentes recursos de salud. En muchos casos, cuando han buscado ayuda, se han topado con la incredulidad, el desconocimiento o incomprensión del personal sanitario, derivando en diagnósticos y tratamientos inadecuados.
“Cuando le expliqué a mi médico lo que me pasaba, arqueó una ceja y me miró con preocupación. Más que un diagnóstico recibí un silencio incómodo. Tras el mismo, me recomendó que fuese a un psicólogo. En la psicóloga no me fue mejor, al cabo de dos sesiones, afirmó con vehemencia que yo era una persona con mucha imaginación, recomendaba un cambio de perspectiva y me invitó a aceptarme tal como soy. El segundo psicólogo me ofreció un diagnóstico: TDAH.“
Soñar despierto no supone signo alguno de patología ni tiene por qué impactar negativamente en nuestro bienestar. Divagar en lugares y situaciones ficticias puede ser una fuente de placer e ilusión, potencia nuestra capacidad creativa e intelectual y puede ser útil para la reflexión, el establecimiento de metas o la resolución de conflictos.
El problema emerge de la compulsión, cuando la inmersión fantasiosa es continuada y ajena a nuestro control, produciendo desconexión, aislamiento y malestar psicológico. Es decir, cuando el mundo imaginario adquiere un papel más relevante que la realidad compartida y cotidiana. A menudo, la persona con ensoñación excesiva se percibe a sí misma como un yonqui de su propia imaginación. Los soñadores pueden dedicar cerca del 60% de las horas de vigilia a sus relatos internos. Las sesiones pueden tener una duración de hasta 6 horas, y en los casos más severos, llegan a desatender necesidades básicas de sueño, alimentación, hidratación e higiene.
El déficit de atención y la ensoñación excesiva
El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es un trastorno de origen neurobiológico que se caracteriza por un desarrollo insuficiente del nivel de atención y un exceso de hiperactividad-impulsividad. Tiene inicio en la infancia y produce un deterioro clínicamente significativo en la vida del menor. Es cierto que el TDAH puede mitigarse hasta su desaparición con un proceso educativo. No obstante, la investigación ha demostrado que una proporción cercana al 70% del TDAH se prolonga en la adolescencia y hasta un 40% podría continuar en la edad adulta. El TDAH en adultos podría afectar a un 4% de la población general. Las manifestaciones varían. Algunos de los signos más frecuentes del TDAH en adultos son:
- dificultades de concentración o para mantener la atención,
- déficit de organización,
- dificultad en el inicio y la finalización de proyectos,
- inquietud y cambios de actividad,
- dificultades para gestionar el tiempo,
- frecuencia de olvidos y
- despistes e impulsividad a la hora de tomar decisiones
Puedes ver más información sobre el TDAH en adultos en este link.
El divagar y el ensimismamiento se relacionan con la dificultad para mantener un hilo coherente y cohesivo en un tren de pensamiento o en una tarea asociada, es decir, para mantener la atención. Estos pacientes a menudo señalan que su mente está en otro lugar y se distraen fácilmente, mostrando una capacidad de atención pobre o variable y una regulación comprometida del comportamiento y los pensamientos (DSM-5, Asociación Estadounidense de Psiquiatría, 2013).
El psicólogo Eli Somer y su equipo, en una investigación reciente con soñadores, estimaban que cerca del 76% de la muestra cumplían criterios diagnósticos para el TDAH, mayoritariamente de tipo inatento (Somer et al. 2017). Posteriormente se desarrolla una investigación similar, con una muestra más amplia y esta vez poniendo el foco en pacientes de TDAH, que concluye que cerca de un 20% presentaba signos de ensoñación excesiva (Theodor-Katz et al. 2021). Parecen proporciones muy elevadas, que no deberían permitir descartar una relación causal. Sin embargo, en un análisis más exhaustivo, los investigadores defienden que la ensoñación excesiva genera dificultades de concentración compatibles con el TDAH, sin embargo, se trataría de dos condiciones con origen, curso y tratamiento diferenciados.
Diferencias clave entre ensoñación excesiva y TDAH
Aunque los pacientes de trastorno de ensoñación excesiva presentan dificultades para mantener la atención en el desempeño de tareas externas, la experiencia interna parece ser muy diferente a la del TDAH.
En el primer caso, los soñadores se pierden en fantasías en las que viven aventuras, romances y triunfos. Lo hacen en situaciones de aislamiento, incluso preparando la escena con música y acompañando la inmersión con movimientos estereotipados. Por el contrario, en el TDAH la divagación mental no está dirigida, no presenta elaboración y el grado de inmersión es significativamente menor. En el primer caso se elabora una trama fantasiosa compleja frente a una realidad percibida como insulsa y frustrante, en el TDAH encontramos simplemente una tendencia al ensimismamiento y a la distracción.
Además, mientras que en el TDAH el ensimismamiento no parece tener relación con los estados ansiosos. La inmersión fantasiosa en el caso del trastorno por ensoñación presenta una función de regulación emocional (Bigelsen y Schupak, 2011; Somer y Herscu, 2017).
Otra diferencia fundamental con el TDAH es que, en la ensoñación excesiva, la inmersión fantasiosa continuada acaba generando aislamiento y malestar psicológico. Lejos de ser un trastorno neurobiológico, emerge como respuesta al trauma, la soledad o la insatisfacción. El mundo ideado puede adquirir un papel más importante que la realidad compartida y cotidiana. Los vínculos afectivos con los personajes inventados a menudo reemplazan las dolorosas o insatisfactorias relaciones de la vida real. En el proceso, la persona prioriza su mundo íntimo y descuida sus relaciones afectivas, sociales, académicas o laborales.
En mi práctica profesional he encontrado un perfil de paciente que refuta cualquier relación causal entre ambos trastornos: el opositor/a. Son personas con un expediente académico brillante que se embarcan en las oposiciones más exigentes. Tras meses o años de encierro, comienzan a recrearse en ensoñaciones hasta desarrollar una suerte de adicción. En estos casos se dan una serie de factores clave: tienen una competencia cognitiva que permite la elaboración de tramas complejas, comparten un déficit social, afectivo y sexual ajeno a personas de su generación, permanecen aislados en una habitación ajemos al menos 10 horas al día y tienen sus necesidades básicas cubiertas.
A priori, su problemática parece no tener nada que ver con el TDAH. Precisamente eligen opositar porque nunca han tenido dificultad alguna pare el desarrollo de tareas que exigen altas dosis de disciplina y concentración. Sus dificultades de concentración surgen tras el deterioro ocasionado por sus circunstancias vitales.
Diagnóstico diferencial
Ya sea con o sin déficit de atención, la necesidad de un diagnóstico diferencial en cada proceso es fundamental. En los casos de comorbilidad de ambos trastornos, el enfoque terapéutico debe estar orientado a ambas condiciones, sin descartar tratamiento farmacológico específico pare el TDAH. Los esfuerzos del psicólogo deben apuntar tanto a la gestión del impulso de inmersión, como a la mejora del bienestar de la persona. Por tanto, es crucial explorar y analizar aquellos conflictos, déficits o problemáticas que subyacen al impulso de fuga de la realidad compartida. En este sentido, será especialmente relevante prestar atención a aspectos tales como habilidades sociales, hábitos y rutinas, autoestima y conflictos afectivos.
David Martín Escudero
Bigelsen, J., Schupak, C. (2011). Compulsive fantasy: Proposed evidence of an under-reported syndrome through a systematic study of 90 self-identified non-normative fantasizers. Consciousness and Cognition: An International Journal, 20, 1634-1648. DOI: 10.1016/j.concog.2011.08.013
Somer, E., Herscu, O. (2017). Childhood Trauma, Social Anxiety, Absorption and Fantasy Dependence: Two Potential Mediated Pathways to Maladaptive Daydreaming. Journal of Addictive Behaviors, Therapy and Rehabilitation, 06. DOI:10.4172/2324-9005.1000170
Somer, E., Soffer-Dudek, N., Ross, C. (2017). The Comorbidity of Daydreaming Disorder. Journal of Nervous and Mental Diseases, 205, 525-530. DOI: 10.1097/NMD.0000000000000685
Somer, E., Somer, L., Jopp, D. S. (2016). Parallel lives: A phenomenological study of the lived experience of maladaptive daydreaming. Journal of Trauma and Dissociation, 17(5), 561–576. DOI: 10.1080/15299732.2016.1160463
Theodor-Katz, N., Somer, E., Hesseg, R., M., Soffer-Dudek, N. (2022). Could immersive daydreaming underlie a deficit in attention? The prevalence and characteristics of maladaptive daydreaming in individuals with attention-deficit/hyperactivity disorder. Journal of Clinical Psychology, 78, 2309–2328. DOI: 10.1002/jclp.23355







