Personalidad anancástica

Personalidad anancástica
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Anancástico

1. adj. Psiquiatr. Dicho de una persona: Que tiene obsesión por la perfección y el detalle. U. t. c. s.

2. adj. Psiquiatr. Propio de la persona anancástica. Actos anancásticos.

Diccionario de la Lengua Española, RAE

El término “personalidad anancástica” fue acuñado por primera vez por el psiquiatra alemán Emil Kraepelin a finales del siglo XIX para describir un tipo de personalidad propensa a la rigidez, el perfeccionismo y la querencia al control.

El término viene de Ananké, una deidad primordial de la mitología griega que personfica la inetabilidad y la ineludibilidad. Ella es en esencia la fuerza del destino, de aquella de la que ningún mortal puede escapar. Ananké también era la madre de las Moiras (Cloto, Láquesis y Átropos), quienes hilaban y cortaban el hilo que representaba el destino de dioses y hombres.

En la tradición judeocristiana ser anancástico podría entenderse como virtud. En la actualidad, la rigidez asociada compone un problema de adaptación. Una personalidad anancástica en el SXIX compone una tarea ardua. La rigidez atraviesa a la persona cada patrón de conducta, cognición y emoción y se manifiesta en esquemas de control, obligación, autocrítica y fatalidad.

Características del rasgo anancástico

Son personas perseverantes, obsesivas y minuciosas, con querencia al control, la previsión y la autoexigencia. Muy preocupadas por la validación externa, son extremadamente responsables y autocríticas.

La responsabilidad aprieta y a menudo temen no estar a la altura, a pesar de no cejar ante cada empeño. Personas metódicas y perfeccionistas, tienden a confrontar cualquier tarea cotidiana como si estuvieran lidiando con el montaje de un mueble de Ikea. Su actividad se desgrana en pasos que deben ser respetados.

La moral o la ética es rígida, y frecuentemente arrastran fardos de culpa incluso por faltas nimias. La autocrítica es exacerbada, y pocas veces se muestran satisfechos con su forma de lidiar ante cualquier circunstancia.

Respetan a autoridad y cuando por cualquier motivo no se adhieren a la norma temen ser pilladas in fraganti. La búsqueda de deseabilidad social pasa por el exhaustivo cumplimiento de las normas. Pendientes del qué dirán, temen llamar la atención o ser puestos en evidencia. Procuran pasar desapercibidos y sienten incomodidad ante el histrionismo propio y ajeno.   

El error tiende a ser interpretado como un fracaso. Cuando las cosas no salen como esperan, la frustración lo inunda todo. La culpa y la autoexigencia tienden a poblar de rumiaciones recurrentes sus cabezas. Pocas veces se muestran orgullosas con su comportamiento o con su rendimiento. La insatisfacción se cronifica y aparecen sentimiento escasa valía, abatimiento y de desesperanza.

La prudencia ante situaciones de estrés puede tornar en pesimismo o fatalismo. Así, firmes seguidoras de la Ley de Murphy tienden a anticipar que todo aquello que puede torcerse, se torcerá. El vaso tiende a ser percibido medio vacío, y pocas veces se sienten merecedores de recompensas imprevistas.

Tanta contención a menudo hace emerger la ira del manso. Los arranques súbitos de enfado cuando sienten que no poseen el control de su entorno físico o interpersonal. Sin embargo, dado que no suelen ser impulsivas, los episodios de ira pocas veces son agresivos, sino que desembocan en un humor huraño y una rumiación obsesiva.

El trastorno anancástico de la personalidad

El antiguo trastorno anáncastico, hoy en día denominado trastorno de personalidad obsesivo compulsivo (TPOC), partiría de una exacerbación del rasgo. Se trata de un trastorno de personalidad del clúster C, etiqueta que comparte con el trastorno de personalidad por evitación y el trastorno de la personalidad dependiente. Los rasgos prominentes del clúster C orbitan alrededor del temor, la rigidez y la ansiedad.

Es importante diferenciar el rasgo del trastorno. Todas y todos podemos ser rígidos, obstinados, podemos obsesionarnos o sentir una escasísima tolerancia a la incertidumbre. Padecer un trastorno de la personalidad es un asunto de mayor gravedad. Un trastorno de la personalidad emerge de la prominencia, el desequilibrio, la rigidez y la cronificación de una serie de rasgos que deterioran el funcionamiento de la persona que lo padece.

El DSM-5 (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, quinta edición) refiere el trastorno como un patrón persistente de preocupación por el orden, perfeccionismo y control de sí mismo, los demás y otras situaciones. Para su diagnóstico deben darse de manera consistente desde la juventud al menos cuatro de los siguientes elementos:

  • Preocupación por los detalles, reglas, horarios, organización y listados.
  • Un esfuerzo por hacer algo a la perfección, que interfiere con la finalización de la tarea.
  • Devoción excesiva al trabajo y productividad (no debido a necesidad financiera), lo que resulta en el abandono de las actividades recreativas y los amigos.
  • Escrupulosidad excesiva, meticulosidad e inflexibilidad con respecto a las cuestiones y los valores éticos y morales.
  • Falta de voluntad para tirar objetos desgastados o inútiles, incluso los que no tienen valor sentimental.
  • Renuencia a delegar o trabajar con otras personas a menos que esas personas estén de acuerdo en hacer las cosas exactamente como los pacientes quieren.
  • Un planteamiento mezquino al tener que gastar dinero para ellos mismos y otros porque ven el dinero como algo que debe guardarse para futuros desastres.
  • Presencia de rigidez y obstinación.

¿Cómo se orienta el tratamiento?

Las personas con un rasgo anancástico exacerbado a menudo acuden a psicoterapia ante síntomas de ansiedad o depresión. Una vez se mitigan los síntomas ansiosos o afectivos, el tratamiento psicológico se orienta a la modulación de aquellos rasgos que generan dificultades. Las metas no pasan por la ‘curación’ sino un mejor funcionamiento social y afectivo, y una mayor flexibilidad frente a las exigencias cotidianas. No se trata de convertirse en un adalid de la espontaneidad y la improvisación, sino en modular aquellos rasgos (ej. querencia al control, rigidez, perfeccionismo etc.) que por su prominencia no son adaptativos. La identificación, exploración y análisis de esquemas de conducta, cognición o emoción, desde la experiencia presente, serán clave en el tratamiento.

David Martín Escudero

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