La soledad y el aislamiento

soledad y aislamiento social
Foto de Samuel Austin

“Her“ (Spike Jonze, 2017) presenta en un futuro cercano un retrato fantástico de la soledad en el mundo contemporáneo. Theodore (Joaquin Phoenix) se siente solo. Su trabajo consiste en escribir cartas de amor y amistad para personas a las que jamás ha visto. Paradójicamente, expresa con destreza para sus clientes el afecto propio de una intimidad totalmente ajena. Theodore se enamora de Amanda (Scarlett Johanson), un sistema operativo, una entidad digital con la que vive una intensa historia de amor. La ficción muestra un mundo hiperconectado, donde los sentimientos de soledad y de aislamiento conforman una experiencia cotidiana.

Soledad social y soledad emocional

El término soledad viene del latín, solitas, y refiere la cualidad de estar sin compañía. El ser humano, como ser social, precisa de relaciones en su desarrollo y sentir pertenencia a un grupo. La ausencia de tejido social y afectivo, la pérdida o la reclusión pueden conducir al individuo a los indeseados sentimientos de aislamiento. Pocas experiencias son tan universales como la soledad, sin embargo, dado su carácter subjetivo, variable y emotivo, es difícil de definir y cuantificar.

La soledad se sustenta en la brecha entre el nivel de conexión que se desea y el que se mantiene. Estar solo y sentir soledad son conceptos diferentes, aunque están íntimamente interrelacionados. Podemos estar sin amigos ni compañía alguna y no sentir soledad. La soledad partiría del aislamiento cuando las necesidades de contacto y vinculación no están siendo satisfechas. La soledad es la experiencia de estar dolorosamente desconectado, excluido y aislado, sin nadie a quien recurrir para obtener apoyo emocional y social.

Tradicionalmente se ha distinguido entre dos tipos: soledad social y soledad emocional. La primera refiere la ausencia de vínculos significativos, la ausencia de apego que proporcione una base segura. Este tipo de soledad se asocia con sensaciones de vacío y refleja la frustración por no encontrar a aquel, o aquellos, con quien coexistir. La soledad social se encontraría más ligada a un déficit de relaciones sociales en términos de cantidad y calidad, e implicaría una falta de sentido de pertenencia e integración en el contexto social del individuo.

El antídoto para la soledad no sería tener pareja o planes para tomar unas cañas; nos podemos sentir muy solos con el otro o los otros. El remedio se relaciona con el acceso a unos vínculos sociales y afectivos sólidos, consistentes y estables.

Salud y soledad

Desde los años setenta la investigación epidemiológica ha prestado especial atención sobre el impacto de la soledad y el aislamiento social en la salud de la población. Hoy en día, la soledad crónica e involuntaria se constata como un factor de riesgo, como son el sedentarismo, el sobrepeso o el consumo de sustancias, asociado a una mayor morbilidad y mortalidad.

Un metaanálisis reciente, que ha tenido bastante repercusión, afirma que los efectos de la soledad y el aislamiento son tan perjudiciales para la salud como fumar 15 cigarrillos al día (Holt et al. 2015). Otro estudio similar ha cuantificado el impacto del déficit en las relaciones sociales asociándolo a un incremento del 29% en el riesgo de enfermedad coronaria y a un 32% en el de accidente cardiovascular (Valtorta et al. 2016).

Mantener vínculos de amistad es saludable, promueven el bienestar, implican soporte social y componen sustento emocional en momentos de malestar. Pertenecer a una red de apoyo basada en la comunicación y en las relaciones de reciprocidad tiene un poderoso efecto beneficioso. Son muchos los estudios que demuestran la importancia del apoyo social como factor protector de la salud física y mental.

Los sistemas de salud pública cada vez más plantear potenciar las relaciones sociales como herramienta para mejorar la salud comunitaria. En 2018, el Reino Unido decidió crear una secretaría de estado para la soledad ante su alarmante incidencia entre los británicos. La pandemia había agravado y evidenciado la situación de varios millones de personas. Un par de años más tarde, Japón fue un paso más allá y creo un ministerio para la soledad. El objetivo estaba íntimamente ligado a la prevención del suicidio.

¿Por qué me siento solo?

Una investigación reciente (Preece et al., 2021) señala que los individuos con altos niveles de soledad tienden a ocultar sus sentimientos y evitar su expresión emocional. Ante el malestar, no buscan apoyo social y rechazan las oportunidades de soporte o contacto ofrecidas. Estos patrones, si se dan de forma exacerbada, pueden perpetuar los estados de soledad y aislamiento.

La tendencia del individuo a utilizar diferentes estrategias de regulación emocional explicaría por qué algunas personas sienten más soledad. En la misma investigación, las estrategias señaladas como propias de personas más solitarias serían:  

  • Atribución de culpa: responder a una experiencia desagradable culpándose a sí mismo o responsabilizando a los demás.
  • Sesgo catastrofista: enfocarse y enfatizar aquellos aspectos negativos e intolerables de una situación.
  • Supresión expresiva: ocultar los sentimientos e impedir la expresión de la emoción.
  • Evitación: evitar situaciones que generan emociones incómodas.
  • Rumiación: recrearse en pensamientos relacionados con situaciones que generan malestar.

En definitiva, la tendencia a la culpa o la victimización, el pesimismo, la represión emocional, la evitación y la rumiación conforman patrones típicos en las personas solitarias. En la práctica clínica, estos aspectos acostumbran a conformar aquellos rasgos ansiosos o depresivos que sustentan los motivos de muchos de los pacientes que vemos en el día a día. Y así lo confirma otro estudio reciente (Tan et al., 2022) que, a través de un análisis estadístico, señala los factores comunes entre los sentimientos de angustia y soledad. El déficit de regulación emocional producto de las estrategias anteriormente mencionadas sustentaría ambas experiencias.

Las implicaciones terapéuticas de esta investigación son relevantes, ya que propone que los enfoques dirigidos a la mejora de estrategias de regulación emocional habitualmente útiles en el tratamiento de la ansiedad podrían aplicarse de manera útil en la prevención y tratamiento de la soledad (Tan et al., 2022).

El enjambre digital

La pandemia supuso un cambio en la nuestra forma de relacionarnos. Algunos vínculos se fortalecieron y otros muchos acabaron diluyéndose, sin ser recuperados tal la vuelta a la normalidad. Y no, no parece que haya habido ningún tipo de crecimiento postraumático tras el COVID.

No solo factores de tipo psicológico afectan a estos sentimientos; el momento en el ciclo vital, el contexto sociocultural y las expectativas individuales son determinantes en la percepción de soledad. Así, una jubilada de 69 años puede sentirse satisfecho dos buenas amistades, una joven puede sentir estar sumida en un desierto absoluto si, a pesar de contar con una red similar, no tiene pareja o no pertenece a una pandilla cohesionada. Un estudio reciente llevado a cabo en España con la participación de 1.310 personas concluye que mujeres, los adultos jóvenes de entre 18 y 29 años y adolescentes presentan un grado mayor de soledad percibida (Losada-Baltar et al., 2021).

Paradójicamente, ser hombre, mayor, residir en entorno rural o tener vínculos familiares te hace menos vulnerable. Por el contrario, ser mujer o joven y vivir en urbes hiperconectadas te hace más proclive al aislamiento.

El célebre filósofo coreano Byung-Chul Han analiza en su ensayo “El enjambre” de que forma la revolución digital, internet y las redes sociales han transformado la sociedad y las relaciones humanas. Han expone las diferencias entre la masa clásica y la nueva masa, a la que llama el enjambre digital. Las redes reflejan una realidad mejorada y saturada de color que hace que la realidad más tangible genere frustración. La comunicación digital es tan rápida, eficaz y atractiva que genera cierta evitación del contacto mundano. Paradójicamente la hiper conectividad podría estar generando aislamiento y pobreza en los vínculos y sentimientos de inadecuación.

El auge de las redes sociales ha aumentado una presión normativa, aunque ya preexistente, que hace mella en los más jóvenes. Todavía no hemos entrado en tiempos de Metaverso, sin embargo, podemos anticipar un deterioro progresivo de vínculos reales en favor de los virtuales. Las redes aportan cantidad en el número de interlocutores, son aspectos numéricos y cuantificables. Son la comida rápida, el big mac de los vínculos afectivos. Son sabrosos, y no hacen mal de vez en cuando, pero una dieta basada en likes no resulta saludable y nutritiva.

David Martín Escudero

Referencias

Holt-Lunstad, J., Smith, T.B., Baker, M., Harris, T., Stephenson, D. (2015) Loneliness and social isolation as risk factors for mortality: a meta-analytic review. Perspectives in Psychological Science 10(2), 227-37.

Losada-Baltar, A., Jiménez-Gonzalo, L., Gallego-Alberto, L., Pedroso-Chaparro, M. D. S., Fernandes-Pires, J., Márquez-González, M. (2021). “We’re staying at home”. Association of self-perceptions of aging, personal and family resources and loneliness with psychological distress during the lock-down period of COVID-19. The Journals of Gerontology: Series B. 76(2), 10-16.

Preece, D. A., Goldenberg, A., Becerra, R., Boyes, M., Hasking, P., Gross, J. J. (2021). Loneliness and emotion regulation. Personality and Individual Differences180, 110-974.

Tan, A., Mancini, V., Gross, J., Goldenberg, A., Badcock, J., Lim, M., Preece, D. (2022). Loneliness Versus Distress: A Comparison of Emotion Regulation Profiles. Behavioural Change, 39(3), 180-190.

Valtorta, N.K., Kanaan, M., Gilbody, S. Ronzi, S., Hanratty, B.  (2016).Loneliness and social isolation as risk factors for coronary heart disease and stroke: systematic review and meta-analysis of longitudinal observational studies. Heart 102, 1009-1016.

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