El trauma complejo

trauma complejo
Collage de Aurora Duque

J.M. apenas recuerda su infancia. Su madre era alcohólica, y aunque cree que era una persona afectuosa y cercana, pasaba mucho tiempo fuera de casa. Es consciente de que fue su abuela quien lo crio. Iba a un colegio religioso, recuerda sentir terror a los curas. No hizo amigos, o no lo recuerda. Estos días siente mucha rabia. Cree que sus cambios de humor no son normales, además, últimamente se está pasando con la farra. Sale demasiado, son los únicos momentos en los que realmente desconecta. Su vida afectiva es inestable, sólo tuvo una relación en la adolescencia. Pasa por épocas de muchísima actividad sexual a otras en las que afirma sentir el mismo deseo que una ameba. Se siente vacío, aislado y a menudo piensa que no sabe quien es realmente.

Algunas heridas cicatrizan sin dejar marcas. Otras dejan lesiones que se manifiestan de forma recurrente a lo largo de nuestra vida. Son aquellas que por su severidad, su complejidad o simplemente por reiteración, dejan secuelas en nuestra psique. Estamos hablando del trauma complejo.

Son varias las figuras que a finales del siglo XIX observaron el impacto de las vivencias extremas en el bienestar psicológico. Uno de sus principales ideólogos fue el psiquiatra francés Pierre Janet, quien define el concepto de trauma psicológico como “el resultado de la exposición a un acontecimiento estresante inevitable que sobrepasa los mecanismos de afrontamiento de la persona. (…) El terror se convierte en una fobia al recuerdo que impide la integración del acontecimiento traumático y fragmenta los recuerdos traumáticos apartándolos de la consciencia ordinaria, dejándolos organizados en percepciones visuales, preocupaciones somáticos y reactuaciones conductuales”. Pese a sus más de 100 años. El concepto permanece vigente.

El trauma se ha vinculado tradicionalmente a la exposición, valga la redundancia, a una experiencia traumática. El Trastorno por estrés postraumático (TEPT) fue introducido por primera vez en los manuales diagnósticos en los años 80 a raíz de las secuelas en los combatientes norteamericanos en la Guerra de Vietnam. La vivencia traumática se desmarcaba del entonces denostado psicoanálisis; ya no emergía desde etapas infantiles y podía partir de la vida adulta. Sus manifestaciones ya no referían a aquellas histéricas freudianas, estas eran explícitas y poco sutiles, como lo sigue siendo su definición nosológica en el DSM.

Trauma simple vs. trauma complejo

Ya en los años 90, Judith Herman observa que existían múltiples casos de personas traumadas cuyas vivencias poco tenían que ver con la experiencia extrema propia de una agresión o un conflicto bélico. Describe por primera vez lo que ella llamaría inicialmente Trauma de Tipo I (o con un único evento traumático) y Trauma de Tipo II (o complejo y repetido). Es entonces cuando cobra fuerza el concepto de trauma complejo.

El trauma simple tiende a partir desde de una experiencia aguda y puntual, que hiere de forma inmediata y exacerbada a la víctima. El impacto sobre la identidad es por tanto menor, y la respuesta emocional se puebla de sentimientos de miedo y ansiedad de forma inmediata. El resultado patológico de la experiencia traumática simple sería el TEPT.

Un ejemplo sería el de M.C., una joven que sufre un accidente de tráfico en el que muere un familiar. La respuesta traumática podría poblarse de estados disociados, tal vez rumiación constante y pensamientos intrusivos, ansiedad y miedo intensos y dificultades para conducir o viajar en coche en el periodo posterior.

La traumatización compleja sucede de forma prolongada en el tiempo; no existe una única vivencia, sino la acumulación de múltiples experiencias traumáticas. La experiencia no suele referir un evento único (agresión, accidente, abuso, etc.), sino que parte de la interacción continuada con los otros. Generalmente se da en el ámbito familiar o escolar y parte de la relación con las figuras de apego o el grupo de iguales. El daño invade el mundo interno y erosiona aspectos ligados a la identidad de la persona. Son una suerte de meandros afectivos en los que el trauma permanece estancado. Es la continuidad, el carácter interpersonal y la imposibilidad de huida lo que lo diferencia del trauma simple, cuyo desencadenante suele ser un evento único o limitado en el tiempo, de carácter interpersonal o no (Fernandez-Guerrero, 2023).

Un ejemplo de trauma complejo podría ser el de C.L., un joven que ha sufrido años de maltrato psicológico por parte de su padre, y la desatención de su madre, con una depresión crónica. En la adolescencia es víctima de acoso por parte de sus iguales por su orientación sexual. En el presente, presenta una personalidad inhibida, con rasgos ansiosos exacerbados, estados de despersonalización en situaciones de estrés. Es usuario de chemsex problemático, presenta dificultades para establecer relaciones afectivas y múltiples signos de homofobia interiorizada.

Esta dinámica es especialmente lesiva cuando la víctima está en una etapa de desarrollo temprano y tiene recursos limitados para asumir el maltrato, abuso, abandono o negligencia. También aumenta la vulnerabilidad cuando la lesión es ejercida por figuras representativas afectivamente para la víctima. En estos casos, la capacidad de reacción es muy exigua y difícilmente se integra que la figura de cuidado genere dolor o malestar, tanto de forma activa cuando recibe hostilidad, o pasiva, cuando sufre su ausencia. 

No todo aquel que vive experiencias negativas presenta secuelas en la vida adulta. Existen factores individuales y contextuales que limitan o incentivan la curación de la herida. Y no solo aquellas experiencias mayúsculas tiene un carácter traumático. Diane Kwon (2022, en Fernandez- Guerrero, 2023) denomina traumas “con t minúscula” a aquellas experiencias angustiosas como maltrato verbal, abandono, acoso escolar, invalidación emocional, negligencia, y otras situaciones que, por su carácter de continuidad, van generando una reacción de estrés que deja su huella en la psique de la persona. Especialmente si el malestar se genera en la infancia o adolescencia y si, además, son situaciones que pasan desapercibidas externamente y tienen un carácter acumulativo.

Consecuencias del trauma complejo

De acuerdo a Herman (2004), el trauma complejo puede derivar en alteraciones en la regulación emocional, en las relaciones con los otros, en la percepción del perpetrador y en la conciencia, identidad y autopercepción. Son aspectos que podrían definir el rasgo limítrofe, o incluso el propio trastorno límite de la personalidad. Sin embargo este es un aspecto que trataremos en otro post.

Las personas afectadas por trauma complejo a menudo manifiestan dificultades para regular sus emociones. En consulta encontramos pacientes con frecuentes episodios de disforia y embotamiento afectivo, ideación o impulsos suicidas o autolesivos, ira explosiva o inhibición de las propias emociones, sexualidad compulsiva o, por el contrario, excesivamente inhibida.

En cuanto a la conciencia, también encontramos alteraciones en ambos extremos. En algunos casos predomina una supresión de la experiencia traumática o una desconexión que resulta en estados disociados consecuentes. En el otro polo, se produce un proceso contrario, con la manifestación de rumiación o pensamientos intrusivos que traen el trauma al presente de manera exacerbada.

El resultado genera una identidad frágil o fragmentada. Los estados disociados, el sentimiento de vacío o simplemente una falta de coherencia interna pueden ser consecuencias del trauma complejo. Estos sentimientos tienen que ver con el estado de desconexión al que recurre la víctima para protegerse del daño que está sufriendo y no encuentra otro medio para defenderse (Van der Hart, et al., 2005).

La dinámica interna que la víctima ha ido gestando genera una identidad fragmentada (diferentes rasgos de personalidad sin consistencia; con complicaciones para aunar un conjunto de características que hacen a una persona estable). Como señalábamos anteriormente, la respuesta ante el trauma simple, es decir aquellas sometidas a una situación dañina aguda e imprevista, como un abuso puntual, presenta respuestas de ansiedad (Van der Hart, et al., 2004).

Cuando la agresión continuada parte del grupo de iguales en la infancia o la preadolescencia, también se produce un impacto en la identidad adulta, cuando afloran ideas y sentimientos de inadecuación. Al fin y al cabo, el proceso de construcción de nuestra identidad es compartido, es especialmente activo en la infancia y se también se edifica sobre el grupo de iguales.

La persona dañada acostumbra a mantener una idea devaluada o inestable de sí misma. Se dan sentimientos de vergüenza o culpa, o de estigma, o de falta de pertenencia. Sienten que algo no marcha bien en su interior y el resultado es una identidad frágil y vulnerable a los otros. El impacto en la personalidad del adulto ofrece se traduce en diferentes aspectos, como una autoexigencia exacerbada, sentimientos de inadecuación, de desamparo, soledad o inseguridad continuada.

El impacto en las relaciones sexoafectivas, o con los otros en términos generales, merece un capítulo aparte. El adulto traumatizado puede tender al tanto al aislamiento y al distanciamiento afectivo como a las relaciones intensas, codependientes. Son frecuentes los procesos alternantes de idealización y devaluación o aquellos de entrega y huida.  

Otro aspecto relevante se relaciona con las percepciones del perpetrador. La víctima a menudo presenta percepciones alteradas del agresor o agresores y de su entorno. Encontramos muchos ejemplos en la violencia machista, cuando la víctima puede atravesar momentos vitales en los que se preocupa por el bienestar del maltratador, a otros en los que planifica de forma exhaustiva su venganza. Otro caso es aquel en el que la persona traumada que crece con una figura de apego negligente, y que, a pesar del maltrato, idealiza a su progenitor en la vida adulta. Otra forma de alteración en la percepción del agresor se da cuando se integra su sistema de valores o creencias. Como aquellas personas víctima de abuso sexual en el seno de instituciones religiosas que integran la doble moral del abusador, o aquellas que vivieron una disciplina extrema en su entorno educativo que defienden en la vida adulta aquel “la letra con sangre entra”.

Tratamiento del trauma complejo

Abordar el trauma siempre presenta un desafío. Se trata de pacientes frágiles y el tratamiento psicoterapéutico debe ser llevado a cabo por psicoterapeutas especializados y guiarse por criterios éticos y deontológicos claros. Es decir, los experimentos con casera. Desafortunadamente, las posibilidades de retraumatización o de generar efectos iatrogénicos (aquellos que empeoran la situación del paciente) son reales. El error más común es priorizar el tratamiento farmacológico por encima del psicoterapéutico, siendo un problema frecuente la medicalización excesiva en estos (y otros) pacientes. Otro es abordar el trauma de forma precipitada o inadecuada, sin que exista una relación terapéutica sólida o unas condiciones de estabilidad emocional en el paciente. Independientemente del enfoque, ya sea basado en la mentalización, en las técnicas EMDR o en la transferencia, o incluso desde aproximaciones cognitivas, el tratamiento debe partir de una triple “C”: consistencia, coherencia y continuidad (Cahill et al, 2021).

Jung utilizaba el término “la sombra” para denominar esas partes inconscientes inundadas por el miedo, la frustración y la inseguridad desde la infancia. El tratamiento psicológico trataría de traer a la luz esas zonas oscuras de nuestra psique. La intervención debe poner el foco en todos aquellos aspectos afectados en el presente y, desde la experiencia presente, una vez se ha adquirido cierta estabilidad, abordar el trauma pasado.

David Martín Escudero

Cahill, C.R., Llavero, G.R., Martín Escudero, D., Garnelo Fernández, P., Rodríguez, F.S., García, M.I.C. y González, K.M. (2021). Iatrogenia en personas diagnosticadas de trastorno límite de la personalidad. Clínica Contemporánea, 12(3), 22.

Fernández-Guerrero, M.J. (2023). Trastorno por estrés postraumático complejo y trastorno límite de la personalidad: el debate continúa. Propuesta de diagnóstico diferencial. Papeles del Psicólogo/Psychologist Papers, 44(3), 172-179.

Herman, J. C. (1992). Complex PTSD: A syndrome in survivors of prolonged and repeated trauma. Journal of Traumatic Stress, 5(3), 377-391

Herman, J.L. (2004). Trauma y Recuperación. Cómo superar las consecuencias de la violencia. Espasa Calpe.

Kwon, D. (2022). La alargada sombra del trauma. Mente y Cerebro, 114, 46-55.

Van der Hart, O., Nijenhuis, E., Steele, K., y Brown, D. (2004). Trauma-related dissociation: Conceptual clarity lost and found. Australian and New Zealand Journal of Psychiatry, 38(11-12), 906-914. Van Der Kolk, B. A. (2017). Developmental Trauma Disorder: Toward a rational diagnosis for children with complex trauma histories. Psychiatric annals, 35 (5), 401- 408.

Van der Hart, O., Nijenhuis, E. R., y Steele, K. (2005). Dissociation: An insufficiently recognized major feature of complex posttraumatic stress disorder. Journal of Traumatic Stress: Official Publication of the International Society for Traumatic Stress Studies, 18(5), 413-423.

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