¿Qué es el estilo de apego desorganizado?

Estilo de apego ansioso desorganizado
Collage de Rayo Púrpura

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En “Descalzos por el parque” (Gene Sacks, 1967), Jane Fonda y Robert Redford son dos recién casados. Ella, burbujeante e impulsiva, inicia la trama engrudada a su prudente y racional marido. Ella no tolera su ausencia, se muestra entregada y cariñosa cuando él vuelve del trabajo. Inmediatamente después, ante cualquier signo de rechazo, se muestra frustrada, hostil y demandante.

Tras las pequeñas vicisitudes de la reciente convivencia, ella pide el divorcio. Tras el conflicto, la película acaba en una apasionada reconciliación sobre una peligrosa cornisa. Podríamos decir que esta fantástica comedia sustenta su trama sobre un estilo de apego desorganizado.

De acuerdo con la teoría introducida por el psiquiatra y psicoanalista John Bowlby, el apego es la disposición del niño a buscar contacto y cercanía con su figura cuidadora primaria, en especial cuando está triste, asustado y/o cansado. A través de este lazo innato, ante respuestas de disponibilidad y sensibilidad, se generan sentimientos de seguridad y calma (Bowlby, 1989).

El estilo de apego refiere la forma en que nos relacionamos en lo afectivo, es decir, como establecemos conexión emocional e intimidad. Se desarrolla durante los primeros años de vida y se sustenta en las interacciones del niño con sus figuras afectivas.

La seguridad afectiva se entrevera en un estilo de apego seguro, este se caracteriza por la consistencia e incondicionalidad del afecto. En la infancia, el niño se siente atendido, querido y aceptado. En términos generales, el adulto con un estilo de apego seguro tendería a relacionarse afectivamente de forma confiada y estable. Por el contrario, las carencias tempranas contribuyen a la inseguridad afectiva en la edad adulta.

Son cuatro los estilos de apego:

La teoría del apego ofrece un marco para entender la forma de vincularnos al otro, y defiende que ésta estaría condicionada por la interacción con el entorno desde las primeras etapas de vida. Sin desdeñar aquellos factores temperamentales, con raíces en lo biológico y hereditario, podemos decir que nuestra forma de sentir afecto y vincularnos es aprendida.

Apego desorganizado en la infancia

A lo largo del primer año de vida, el patrón temperamental del niño interactúa intersubjetivamente con las figuras maternas, de modo que las emociones son reguladas (Di Bartolo, 2018). Es decir, no nacemos con un termostato emocional operativo. Requerimos de figuras sensibles y disponibles que progresivamente nos ayuden a modular los afectos. La mirada, la voz, el contacto son aspectos clave en la conformación del apego.

Mary Main, introductora del término apego inseguro desorganizado, señala que este aparece cuando la figura de apego es percibida tanto como base segura y como fuente de peligro, cuando el niño vivencia impulsos contradictorios de aproximación y evitación (Main & Solomon, 1986). Los niños con apego desorganizado se pueden mostrar tanto asustados y demandantes como autónomos o apáticos. Procuran y rechazan al progenitor, tienen dificultades para gestionar la angustia ante la separación o la ausencia de la figura de apego. Y cuando ésta regresa, la ansiedad puede perdurar hasta derivar en hiperexcitación. Son reacciones confusas e incoherentes, carentes de objetivo, poco adaptativas frente al estrés. La comunicación resultante con los progenitores es inconexa y alterna episodios de confort con otros de tensión emocional.

Apego desorganizado y trauma complejo

Tanto en la mayoría del cuerpo teórico, como en la propia práctica, observamos que aquellas personas que han padecido maltrato, negligencia o abandono, presentan dificultades y limitaciones en el desarrollo de las competencias necesarias para establecer relaciones afectivas maduras y sanas.

El apego desorganizado se ha vinculado tradicionalmente al trauma complejo. Este emerge no tanto desde una única experiencia traumática, sino de la acumulación de múltiples experiencias de separación, abandono, negligencia, violencia o abuso. La herida resultante invade el mundo interno y erosiona aspectos ligados a la identidad de la persona. Esta dinámica es especialmente lesiva cuando la víctima está en una etapa de desarrollo temprano y tiene recursos limitados para lidiar con el maltrato. También aumenta la vulnerabilidad cuando la lesión es ejercida por las figuras de apego, aquellas responsables de cuidado y protección. Es en estos casos, cuando el niño no puede integrar que su protector genere dolor o malestar, tanto de forma activa cuando recibe hostilidad, o pasiva, cuando sufre su ausencia.

Puedes saber más sobre el trauma complejo en este link.

Apego desorganizado y personalidad límite

Muchas de las personas con un trastorno del clúster B, especialmente con trastorno límite de personalidad, parten de un estilo de apego desorganizado. Este está muy vinculado a la difusión de la identidad y la consiguiente incapacidad para integrar representaciones coherentes y estables, ya sean positivas o negativas, o de uno mismo o de los otros.

Como el niño que se aferra y se revuelve en los brazos de su cuidador, el adulto con personalidad límite puede transitar en relaciones afectivas que transcurren entre la culpa y la victimización, entre la dominancia y la sumisión o entre la entrega y la huida. La alternancia entre la ansiedad ante el abandono y la huida afectiva genera una tensión interna que implica un gran desgaste emocional. También para el otro, que se siente por momentos querido o demandado, y en otros rechazado o denostado.

Paradójicamente, en estos casos la relación de pareja, lejos de ser una fuente de placer, gratificación, seguridad y protección, se convierte en el contexto en el que se genera todo tipo de sufrimiento y malestar psicológico.

Apego desorganizado en la vida adulta

El adulto con un estilo de apego inseguro desorganizado manifiesta dificultades para mantener vínculos estables y consistente, alternando estados de confianza y entrega con otros de hostilidad, desconfianza y huida. No debemos entender que el apego seguro se relaciona exclusivamente con relaciones monógamas estables. O inferir que una persona con una vida sexoafectiva que no se adecue a la agenda normativa, por exigua y limitada o por intensa e inestable, directamente parta de un apego desorganizado.

Afortunadamente existen más formas de relación que la monogamia heteronormativa imperante. Y aquello que no se rige por votos de fidelidad sexual e hipoteca compartida puede ser igualmente gratificante. Otros modelos diversos, en los que el vínculo no es tan rígido o jerárquico, podrían ser juzgados como el resultado de estilos de apego disfuncionales; ya sea el evitativo cuando no se tiene objeto de deseo o el desorganizado cuando son varios. De alguna manera se corre el riesgo de patologizar aquello que, aun siendo útil, saludable y gratificante en lo sexoafectivo, no parte de lo normativo.

También resulta peligroso inferir que el marco relacional adecuado para la crianza se sustenta exclusivamente en una única figura materna de cercanía y amabilidad omnipresente. Afortunadamente, el contexto de la crianza y las relaciones afectivas van evolucionando hacia derroteros más diversos.
A pesar de su relevancia, entender las dificultades en las relaciones afectivas exclusivamente desde el estilo de apego adquirido en la infancia ofrecería una visión limitada.

Un estilo de apego desorganizado no implica necesariamente padecer un trastorno, simplemente describe una forma de vincularnos con el otro. Crecer en un entorno con figuras negligentes no garantiza el fracaso en las relaciones sexoafectivas en la vida adulta. No está escrito en piedra, la inseguridad puede mitigarse y modularse. Además, debemos considerar tanto aspectos temperamentales con origen en lo hereditario como otros sociales o culturales. También debemos tener en cuenta la experiencia en la adolescencia, juventud o incluso en la vida adulta.

El apego desorganizado en la vida adulta compone un asunto complejo que exige un análisis profundo y una intervención cuidadosa. El psicólogo debe abordar estos aspectos con cuidado y sosiego, especialmente cuando existe una vinculación al trauma complejo.

David Martín Escudero

Bowlby, J. (1989). Una base segura: aplicaciones clínicas de una teoría del apego. Buenos Aires. Paidós.
Di Bártolo, I. (2018). El apego: cómo nuestros vínculos nos hacen quienes somos: clínica, investigación y teoría. Buenos Aires. Lugar Editorial.
Main, M., Solomon, J. (1986). Discovery of a new, insecure-disorganized/disoriented attachment pattern. In M. Yogman & T. B. Brazelton (Eds.). Affective Development in Infancy, 95–124.

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