¿Qué causa la ensoñación excesiva?

Causas de la ensoñación excesiva
Foto de Juan Cañamero

Ready Player One (Steven Spielberg, 2018) muestra una sociedad que pasa las horas inmersa en un metauniverso denominado OASIS. El protagonista, al igual que sus compañeros jugadores, vive a través de su alter ego toda una suerte de aventuras virtuales en la búsqueda de soluciones a un rompecabezas que cambiará sus vidas. La sombría y mediocre realidad compone un escenario secundario. 

La ensoñación excesiva o inadaptada (maladaptative daydreaming en inglés) es un fenómeno psicológico, caracterizado por una inmersión fantasiosa continuada y persistente que tiende a interferir en los diferentes ámbitos de la vida de la persona soñadora. El término, también llamado ensoñación inadaptada, es acuñado por el psiquiatra israelí Eliezer Somer en 2002. El investigador comienza sus estudios describiendo un cuadro sintomático encontrado en pacientes víctima de abuso sexual que consistía en el ensimismamiento continuado en un mundo propio en narrativas paralelas muy elaboradas y de las que temían ser adictos. A pesar del creciente interés, sabemos poco sobre qué causa la ensoñación excesiva.

Es importante señalar que el hecho de soñar despierto no compone signo alguno de patología ni tiene por qué impactar negativamente en nuestro bienestar. Todos fantaseamos, ideamos situaciones y anticipamos escenarios; además de ser una actividad placentera, utilizamos competencias intelectuales y creativas, fomentamos la reflexión, resolvemos conflictos y establecemos metas.

La visión Freudiana sugiere que las fantasías propias de la vigilia reflejan la tensión resultante del conflicto entre el deseo del individuo y la restricción moral de su entorno. En la década de los ochenta, Wilson y Barber introducen el término «personalidades propensas a la fantasía» para describir aquellas personas con un conjunto de rasgos que los llevaban a “vivir la mayor parte del tiempo en un mundo de su propia creación”. Los autores estimaron que la propensión a la fantasía se manifestaba hasta en un 4% de la población (Wilson y Barber, 1983).

Posteriormente, se especula con que el origen de la ensoñación excesiva se relaciona con experiencias traumáticas, funcionando como algún subtipo de trastorno disociativo. La investigación reciente también ha relacionado la ensoñación excesiva con el trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH), la ansiedad social o el trastorno obsesivo compulsivo. Así lo atestigua un estudio reciente con soñadores: el 76,9% de los casos presentaba TDAH, el 71,8% trastornos de ansiedad, un 66,7% depresión y 53,9% trastornos obsesivos (Somer, Soffer-Dudek, y Ross, 2017). A priori, esta gran comorbilidad podría hacernos pensar que la ensoñación conforma un cuadro sintomático periférico a otro trastorno. No obstante, Somer y sus colaboradores defienden la entidad clínica y nuclearidad del fenómeno.

Dos posibles vías hacia la ensoñación excesiva

Recientemente, Somer (2017) analiza la casuística estableciendo dos rutas fundamentales desde las que se llegaría a la ensoñación excesiva. Una primera relativa a al trauma y una segunda relacionada con la ansiedad social. Desde esta perspectiva, el trauma infantil y la ansiedad social son factores de riesgo para la ensoñación excesiva. Es decir, aunque las experiencias traumáticas, el aislamiento o las dificultades en las relaciones sociales están presentes en muchos de los casos, no explican per se el trastorno.

En la misma publicación, el autor señala la absorción y la adicción a la fantasía como factores mediadores fundamentales. La absorción refiere un rasgo que implica la capacidad de estar inmerso en un solo estímulo, ya sea externo (por ejemplo, un libro) o interno (por ejemplo, soñar despierto), mientras descuida otros estímulos en el entorno. Somer afirma que la totalidad de los casos estudiados presentan un alto rasgo de absorción desde su infancia. Desde esta premisa, la ensoñación excesiva por tanto partiría de dicho rasgo para la inmersión en los propios pensamientos y se desarrollaría o no a partir de la experiencia vital del individuo.

El rasgo adictivo conformaría el segundo factor mediador. Los soñadores se perciben a sí mismos como adictos a sus propias tramas. Y en cierto sentido, lo son; pueden permanecer inmersos en sesiones de hasta 6 horas y dedicar cerca del 60% de las horas de vigilia a sus mundos internos.

En la práctica (no en todos los casos) encontramos muchas similitudes entre ensoñación inadaptada y una adicción. Al igual que en otras conductas adictivas sin consumo de sustancias, como pueden ser la ludopatía o el trastorno hipersexual, la persona tiene dificultades para gestionar el impulso hacia la conducta adictiva, en este caso la inmersión fantasiosa.  También encontramos patrones propios de trastornos obsesivos, ya sea el TOC o el trastorno por excoriación. La inmersión compone una estrategia compensatoria de regulación emocional, llegando a conformar una huida compulsiva, una estrategia cortoplacista de evitación del malestar con la obtención de una recompensa inmediata.

De manera progresiva, la narrativa ficticia gana peso en detrimento de la gris cotidianidad. Aumentan las dificultades de adaptación y la motivación por la realidad compartida decrece. Los vínculos con los personajes generados tienden a satisfacer las necesidades afectivas, las tramas atienden las demandas del individuo y paulatinamente se diluyen la propia identidad y las posibilidades de integración en el entorno real del paciente. En los casos más severos, la persona entra en un ciclo de evitación del malestar con una inmersión fantasiosa continuada con la que obtiene una sensación de bienestar inmediata.

La comunidad clínica ha aceptado recientemente las conductas adictivas como trastornos psiquiátricos. El DSM-V, incluye una nueva categoría dentro del área de comportamientos adictivos bajo el nombre “Trastornos no relacionados a sustancias”. Dentro de ésta se contempla la ludopatía como única patología aprobada bajo un nuevo epígrafe: “Trastorno por juego de apuestas”. En 2017 la OMS dio un paso más allá incluyendo la adicción a los videojuegos o a internet y la adicción al sexo dentro de su clasificación de enfermedades CIE-11. Fuera de toda consideración ha quedado la ensoñación excesiva.

A pesar del creciente interés, existen muchas lagunas acerca de qué causa la ensoñación excesiva, su diagnóstico y cuál es el tratamiento más apropiado. A la fecha el fenómeno carece de entidad clínica y no ha sido reconocido por los principales manuales diagnósticos. Los argumentos esgrimidos refieren la falta de investigación, las consideraciones éticas, y el peligro de la excesiva patologización de conductas a priori “normales”. Se trata de un asunto complejo. Cuantificar o categorizar la inmersión en las propias fantasías en parámetros patológicos o saludables podría implicar un juicio ajeno a lo necesariamente clínico. Al fin y al cabo, ¿cuánto podemos fantasear para llegar a ser patológico?

A pesar de la falta de reconocimiento de su entidad clínica, los pacientes siguen acudiendo a terapia por el malestar y deterioro social provocado por una inmersión fantasiosa persistente o compulsiva. Dar continuidad a la investigación sobre su casuística y tratamiento es fundamental.

Somer E. (2002). Maladaptive daydreaming: A qualitative inquiry. Journal of Contemporary Psychotherapy, 32(2), 195–210.

Somer E. y Herscu O. (2017) J Addict Behav Ther Rehabi Trauma, Social Anxiety, Absorption and Fantasy Dependence: Two Potential Mediated Pathways to Maladaptive Daydreaming. J Addict Behav Ther Rehabi . 6:4.

Somer E., Soffer-Dudek N., y Ross C. A. (2017). The comorbidity of daydreaming disorder (Maladaptive DaydreamingJournal of Nervous and Mental Disease. 205(7), 525-530.

Wilson S.C. y Barber T.X. (1983). The fantasy-prone personality: Implication for understanding imagery, hypnosis, and parapsychological phenomena. En A. A. Sheikh (Ed.), Imagery: Current theory, research, and application (pp. 340–390). New York: Wiley.

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