¿Qué es la paradoja ansiosa?

Paradoja ansiosa
Collage de Aurora Duque de la Torre

Una ardilla podría atravesar la península ibérica de cabeza ansiosa en cabeza ansiosa. Se trata de una experiencia universal. Podemos conceptualizar la ansiedad como parte de un espectro sintomático que parte de lo adaptativo a lo patológico. En el polo adaptativo, la ansiedad implicaría una respuesta emocional útil ante una situación que nos alerta de una dificultad o un peligro. También partiría de la mera preocupación que nos moviliza a buscar soluciones a problemas tangibles y cotidianos. La ansiedad adquiere un carácter patológico por cuestiones de intensidad, desproporcionalidad e impacto funcional. Es decir, cuando las preocupaciones se convierten en rumiaciones constantes y el estrés nos produce una angustia insoportable. En este extremo del espectro ansioso no somos capaces de tomar las medidas necesarias para lidiar con los problemas que nos preocupan. La ansiedad por tanto deja de ser útil.

En este texto nos referiremos a ese totum revolotum de síntomas angustiosos que pueden llegar a anularnos o incapacitarnos. Las sensaciones corporales más frecuentes en un episodio ansioso son aceleración del ritmo cardiaco, presión en el pecho, dificultades para respirar, malestar en el estómago, calor y sudoración, temblores, inestabilidad y sensación de inseguridad. Estas se ven acompañadas de pensamientos como “me estoy volviendo loco”, “me va a dar un parraque”, “voy a perder el control” o “esto es un infarto”.

La ansiedad y la percepción de amenaza

Imagina que caminas tranquilo por una sabana africana. De repente, observas entre el ramaje de unos arbustos un enrome rinoceronte blanco hierático devolviéndote la mirada. De manera involuntaria e inmediata, se acelera su ritmo cardiaco, aumenta tu frecuencia respiratoria y capacidad pulmonar, incrementa tu tensión muscular y temperatura corporal. Sufres una hiperactivación fisiológica que facilita una respuesta rápida y explosiva. Te encaramas raudo y veloz a la parte más alta del baobab más cercano y salvas el pellejo. Estos cambios, componen una respuesta adaptativa. Ante la amenaza se produce una activación del sistema nervioso simpático que permite una respuesta más eficaz de lucha o huida.

La ansiedad constituye una respuesta innata ante la percepción de amenaza. Generalmente, existe un detonante, una suerte de depredador que pone en riesgo nuestra seguridad. Esta amenaza no tiene que estar presente, podemos idearla; puede ser un escenario temido o la evocación de una experiencia dolorosa. Lo que se ve amenazado, no tiene por qué ser nuestra seguridad física. Podría ser cualquier aspecto relativo a nuestro bienestar, nuestra seguridad afectiva, económica, o nuestra propia identidad. 

En ocasiones la amenaza está agazapada en nuestro interior. Pueden ser la propia experiencia de malestar la que nos preocupa o atemoriza. De manera instintiva, vigilamos los síntomas ansiosos como depredadores acechantes en las sombras.

La paradoja ansiosa y el miedo al miedo

Parece que es de sentido común pensar que cuando nos encontramos muy nerviosos, darnos una instrucción para tranquilizarnos sería lo más loable. Sin embargo, nuestro organismo no responde a las órdenes de nuestro monologo interior, sino a su tono emocional. Hete aquí la paradoja ansiosa. Cuando la ansiedad nos parece una experiencia terrible, cuanto más nos esforzamos en controlar los síntomas ansiosos más los sustentamos.  

La paradoja ansiosa refiere que cuando se trata de emociones relacionadas con el miedo, el estrés o la ansiedad, los esfuerzos por controlar la propia respuesta emocional pueden incrementarla. Es decir, si nos imponemos relajarnos, nos pondremos más ansiosos. Y a la inversa, si intentamos de forma intencional aumentar nuestro miedo o ansiedad, paradójicamente, los síntomas ansiosos se reducen.

Cuando en lugar de intentar las sensaciones ansiosas a toda costa, intentamos aceptarla e integrarla como parte de nuestra experiencia, observamos como éstas se diluyen poco a poco. Si somos capaces de renunciar al control, comprobamos que ansiedad al menos deja de crecer. Y es que el control y la ansiedad no son buenos compañeros. Debemos adaptarnos a nuestra experiencia y acoger las sensaciones ansiosas. No es fácil. Un episodio de angustia implica sensaciones extremadamente desagradables.

Cuando luchamos de forma exacerbada, dejamos que se imponga el miedo al miedo. En estos casos sentimos malestar ante la anticipación del malestar. Aquí entra en juego la evitación, ya que nos alejamos de aquellas en las que creemos que podemos sentir ansiedad, lo que acabamos limitando nuestro día a día. La evitación excesiva del malestar, físico o emocional, también se entrevera íntimamente en esa ansiedad flotante. Paradójicamente, desertar a toda costa de aquellas situaciones en las que prevemos sufrimiento implica magnificar su experiencia.

El enfoque terapéutico

Tal vez el enfoque que más énfasis hace en la paradoja ansiosa es el basado en los preceptos de la Terapia Estratégica Breve (TBE). Este modelo de intervención se centraría en resolver problemas complejos a través de herramientas simples, planificadas e intencionadas. Destacan por su osadía las técnicas de intención paradójica, inicialmente introducidas por el psiquiatra Milton Erickson, y popularizadas posteriormente por Giorgio Nardone. Este grupo de técnicas consisten en prescribir o sugerir al paciente que haga algo que, en apariencia, va en contra de lo que se espera para solucionar el problema que está experimentando.

Por ejemplo, si un paciente sufre de ansiedad social, la intención paradójica implicaría sugerirle que intente anticipar más desastres, magnificar sus consecuencias y, consecuentemente sentir aún más ansiedad en situaciones sociales. Esta sugerencia aparentemente contraria a la intuición del paciente tendría como objetivo reducir la intensidad de la ansiedad y mejorar la capacidad del paciente para lidiar con la situación.

La intención paradójica es una técnica compleja, arriesgada y no apta para todos los todos los pacientes. Sin embargo, cuando se utiliza adecuadamente, puede ser una herramienta poderosa para ayudar a las personas a salir de una situación de bloqueo con su experiencia.

Son más seguras las técnicas de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT en sus siglas en inglés) o el Minfulness. Estas, como orientaciones terapéuticas derivadas de las terapias cognitivas típicas, trabajan la ansiedad desde estrategias de distanciamiento y aceptación de la propia experiencia.

La ACT no guía al paciente para que intente de forma deliberada la reducción de los síntomas. Por el contrario, los síntomas se diluyen tras su análisis y aceptación. Es importante no confundir aceptación con resignación. La aceptación implica conocer y aprobar nuestra experiencia emocional, es decir, nuestros pensamientos y sentimientos. Se relaciona con renunciar a los intentos constantes de evitación y de control de la experiencia de malestar. Es decir, a dejar de luchar contra nosotros mismos o la vivencia de “emociones negativas”. De esta forma, la aceptación de nuestra experiencia presente contribuye a que lo en muchas ocasiones nos parece un malestar insoportable pase a ser simplemente un momento desagradable, mitigando así el grado de ansiedad.

David Martín Escudero

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