¿Qué es un ataque de ansiedad? El miedo al miedo

ataque de pánico
Collage de Laturi

Un ataque de ansiedad es la experiencia del miedo en su máxima expresión. Es un episodio de temor intenso, exacerbado, en el que nuestro cuerpo parece estar fuera de control. Sentimos que morimos, que nos diluimos. Es mucho más común de lo que creemos, se estima que cerca del 10% de la población general sufre un episodio de pánico a lo largo de su vida. Sin embargo, existen muchos mitos y falsas creencias sobre estos episodios de angustia.

En un post previo, proponía un ejemplo muy utilizado para explicar la respuesta ansiosa. Hablábamos de un mamífero pequeño, un conejo, ante la presencia de un depredador, un milano. El conejo, de manera involuntaria e inmediata, aceleraba su ritmo cardiaco, aumentaba frecuencia respiratoria, capacidad pulmonar, incrementaba su tensión muscular y temperatura corporal. Ante la amenaza, el cuerpo se activa para facilitar una respuesta de lucha o huida. La hiperactivación fisiológica propia de la respuesta ansiosa es útil y adaptativa. Eso sí, siempre que exista una amenaza real.

En el caso del ataque de ansiedad, no existe un depredador, la amenaza está en nuestro interior. Es el propio miedo retroalimentando el miedo. Sentimos que morimos, que nos desvanecemos o que perdemos el control. Por tanto, las propias sensaciones corporales componen la amenaza. No cabe luchar o huir, solo aceptar la ansiedad e intentar serenarse.

La respuesta ansiosa provoca que frecuencia respiratoria y capacidad pulmonar aumenten de manera involuntaria. Los niveles de oxígeno se ven incrementados en el torrente sanguíneo y varía la alcalinidad (ph). Sus efectos son magnificados por la aceleración del ritmo cardiaco. Como consecuencia, el organismo pone en marcha una serie de mecanismos con el fin de restaurar el equilibrio. Entro otros, la constricción de sistema sanguíneo y vías respiratorias (vasoconstricción y broncoespasmo) desencadenan la mayor parte de sensaciones desagradables que el paciente refiere: debilidad, dolor en pecho, mareos, temblores, etc.

Interpretación catastrofista de la ansiedad

El miedo parte de la interpretación catastrofista de los cambios en nuestro organismo. Los síntomas son agudos y repentinos y generan una sensación de pérdida de control, pavor y desasosiego. La persona cae en una espiral de aprensión, y a modo de pescadilla que se muerde la cola, el propio miedo incrementa la intensidad de los síntomas ansiosos.

La interpretación catastrofista, especialmente en el primer ataque de ansiedad sufrido, se relaciona con tres tipos de miedo: a estar sufriendo un accidente cardiovascular, a perder la consciencia o, simplemente, a perder la cordura.

Cuando el síntoma principal es la aceleración del ritmo cardiaco o percepción de arritmia, la persona cree que va a sufrir un ataque al corazón, o un ictus. En realidad, el corazón soporta esfuerzos mucho mayores subiendo una cuesta a buen ritmo o en una clase de spinning. También es muy común sentir pinchazos, dolor o presión en el pecho. Signos que también nos hacen temer un infarto. Detrás de estas sensaciones encontramos la excesiva tensión muscular en diafragma y tendencia a la hiperventilación.

Otros síntomas que desconciertan al paciente son la palidez, escalofríos, hormigueos o pérdida de sensibilidad en las extremidades. Estos se explican en la concentración del flujo sanguíneo en zonas internas dejando las periféricas con un riego inferior. De manera antagónica, algunos pacientes sienten sensación de sofoco y sudor; la hiperactividad vegetativa produce aumento de temperatura en las zonas vitales.

Los temblores o espasmos se relacionan con el incremento de la tensión muscular. La sensación de mareo o falta de aire nos hace temer el desmayo o desvanecimiento. En realidad, se está dando un incremento de la concentración de oxígeno en el torrente sanguíneo, completamente opuesto a la típica hipoxia que genera la temida pérdida de conciencia.

Las molestias gástricas, boca seca o náuseas, sensaciones atribuibles a una enfermedad grave, se relacionarían con la ralentización del sistema digestivo.

Por último, las alteraciones en la visión, las imágenes borrosas asociadas a la angustia acompañan la sensación de irrealidad, aparece el miedo al brote psicótico. En realidad, las pupilas se dilatan para aumentar la visión periférica.

No todas estas sensaciones se dan en todos los casos. Se den de manera conjunta o aislada, el paciente intentará controlar o bloquear estos procesos a pesar de que son completamente involuntarios. Al no conseguir su propósito, se asusta y agita aún más, retroalimentando la ansiedad. Sin embargo, existe un pico ansioso. La ansiedad tiene un límite y tras la tormenta siempre viene la calma. Las primeras experiencias son las más complicadas, no identificamos lo que sucede y es muy común acabar en urgencias. Tras una buena dosis de benzodiacepinas somos capaces de ser conscientes de lo que ha sucedido.

Curso de los ataques de ansiedad

Podemos distinguir tres formas de episodio ansioso:

Episodio espontáneo o inesperado: la crisis se da sin que exista un detonante identificable. Estos son los propios de un trastorno de pánico. 

Episodio reactivo a determinadas situaciones: son aquellos que se dan de forma inmediata tras la exposición (o anticipación) a un estímulo. Son aquellos características de las fobias específicas, como son la acrofobia (miedo a las alturas), aerofobia (miedo a volar) o tripanofobia (miedo a las inyecciones).

Episodios predispuestos por situaciones: cuando aparecen tras un desencadenante ambiental, aunque no de manera invariable. Estos procesos ansiosos serían los propios de la agorafobia.

Un ataque de ansiedad irrumpe de manera disruptiva en la vida de la persona que lo padece. Cuando aparece, la persona tiende a anticipar el siguiente, permaneciendo vigilante y alerta a posibles signos de ansiedad. El día a día puede verse alterado, el miedo puede hacer que evite actividades, situaciones o lugares percibidos como estresantes. O puede sentir miedo a alejarse de casa o permanecer solo. La preocupación excesiva y evitación continuada estaría en la base del desarrollo de un trastorno de pánico, con o sin agorafobia. En estos casos, acudir a un psicólogo es una buena idea. La orientación psicoterapéutica con mejores resultados es la de tipo cognitivo o cognitivo-conductual.

David Martín Escudero

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