Sylvia Plath y el trastorno límite

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Sylvia Plath se quitó la vida a los 30 años. Ocurrió en la madrugada del 11 de febrero de 1963, en su apartamento de Londres. Abrió el gas del horno y murió aspirando el monóxido de carbono. Antes había taponado las rendijas de las puertas de las habitaciones de sus hijos, de 3 años y 8 meses. También dejó el desayuno preparado, pan con mantequilla y un vaso de leche.  La versión oficial indica que padecía trastorno bipolar. También se ha especulado con la posibilidad de trastorno límite de personalidad y/o rasgos del clúster B. Desafortunadamente, la ideación e intentos de suicidio engrosan elevadas estadísticas en ambas condiciones.

Es un hecho que muchas personas diagnosticadas con TLP se identifican con Sylvia Plath. Su narrativa confesional explora con delicadeza y ferocidad su voracidad sexoafectiva, su sentimiento de vacío, el trauma, el tratamiento psiquiátrico, la fragilidad identitaria, incluso la disociación y/o la ideación suicida. Son aspectos que permanecen vigentes hoy en día y que conectan íntimamente con las personas con TLP. En cualquier caso, hipotetizar sobre la condición de la autora a partir de su legado carece de legitimidad.

La campana de Cristal

Su única novela, La campana de cristal (1963) compone un potente relato sobre juventud, feminidad y salud mental en la Norteamérica de los años cincuenta. Sigue los pasos a Esther Greenwood, una joven de 19 años, en una narración de iniciación y de búsqueda de la propia identidad. Muy próxima a la auto ficción, el monólogo interior de Esther nos da muchas pistas sobre el pensamiento y las vivencias de la autora sobre el sentimiento de vacío, la muerte, la violencia y el rol de la mujer en su sociedad. En el año 1981 y a título póstumo, se le otorgó el Premio Pulitzer por su obra poética. Un año más tarde se publicarían sus Diarios.

Sylvia Plath era una mujer compleja en un entorno opresivo. Sería absurdamente reduccionista afirmar que la rabia y el conflicto que deja entrever su narrativa parte de un rasgo de personalidad, no debemos obviar que Sylvia emigra a Reino Unido desde la América del macartismo. Una época de retroceso moral y abuso de poder institucional. No, no eran buenos tiempos para el feminismo.

El personaje Sylvia Plath

Se han escrito muchas biografías sobre la autora. Bitter fame de Anne Stevenson (1989), es una de las más célebres y tal vez la más controvertida, ya que presenta a Sylvia como una mujer inestable, exigente, egoísta, fría, impulsiva, perfeccionista, complicada, confusa e irascible. Un retrato sesgado e injusto. La propia Anne Stevenson se quejaría años más tarde de la implacable presión que había sufrido por parte del entorno de Ted Hughes (marido de Sylvia Plath).

La complejidad del personaje y su interpretación póstuma queda reflejada en “La mujer en silencio” de Janet Malcom (1993). Se trata de una fantástica meta biografía, un análisis de las diferentes versiones de la vida de la autora. Es curioso como un ensayo escrito en los años noventa sobre una autora del inicio de la segunda mitad del siglo XX nos ha fascinado a muchos en el segundo cuarto del siglo XXI. En esta lectura observamos a una Sylvia compleja y poliédrica. Diferentes voces describen a una mujer con diferentes facetas.

Puede sorprender el peso e influencia de Sylvia Plath dada su escasa obra literaria. El carácter de icono pop parte de la audacia y profundidad de su narrativa y poesía confesional y sus posiciones reaccionarias (aunque en ocasiones contradictorias) ante el opresivo sexismo que atenazaba a las mujeres de su época. El pensamiento complejo de la autora ha cuajado con una generación actual hiperconectada en su preocupación por su salud mental.

Sylvia Plath y los otros

Mantuvo una relación ambivalente con los hombres de su vida. “Toda mujer adora al fascista, la bota en la cara, el brutal brutal corazón de bestia como tú.” escribió Plath en Daddy, uno de sus más célebres poemas. Componiendo una alegoría que amalgama todo tipo de emociones ante la idealización y devaluación de las figuras masculinas.  

La relación de Sylvia Plath con su padre, Otto Plath, estuvo marcada por un amor profundo y conflictivo, interrumpido por su muerte, cuando ella solo tenía 8 años. Paradójicamente, aquella Plath que se liberaba de su figura paterna y emprendía su empoderamiento, también se enamorada desde la idealización y una cruda dependencia del que sería su marido Ted Hughs.

Recientemente, Emily Van Duyme, en Loving Sylvia Plath: a reclamation (2024), explora con avidez su vida sexoafectiva. En una fantástica entrevista en el podcast de Kate Lister, la biógrafa desgrana la personalidad Sylvia, destacando su sensualidad y romanticismo exacerbado. También arroja algunas luces sobre la complejidad de su relación de Ted Hughes, la intensidad de su entrega, los episodios de violencia o el engaño con la que fue su amiga, la poeta Assia Wewill (que años más tarde también se suicidaría con pastillas y gas).

En la extensa correspondencia que mantuvo con su madre, publicada una década tras su muerte, también se muestra la ambivalencia y oscilación en el vínculo con su figura materna. Plath escribía cartas continuamente a su madre. Cartas llenas de reflexiones, banales y profundas, que describían una persona enamoradiza y con una identidad compleja y frágil.

“Lo más desquiciante es que en los dos últimos meses me he enamorado de un modo terrible. Lo que sólo puede originar un gran dolor. Conocí al hombre más intenso del mundo, un brillante poeta exalumno de Cambridge (…)”

“(…) Tengo la sensación de que toda mi vida, todos mis dolores y esfuerzos han sido para esto. Toda la sangre derramada, las palabras escritas, la gente querida, han sido precisas para que pueda amar (…) Veo en él el poder y la voz que hará que el mundo vuelva a vivir.”

Una personalidad compleja

La emoción puebla cada línea de sus versos y narrativa, como también debió atravesar el día da día de la autora. Amante de los extremos, los biógrafos retratan a una Silvia que transitaba periodos brillantes y felices con otros de profunda devastación.

“No sé lo que es no tener emociones profundas. Incluso cuando no siento nada, lo siento completamente”.

Sus diarios y correspondencia revelan una mujer en un permanente conflicto identitario. Plath es ama de casa, madre devota y pareja dependiente. También se muestra insegura, vacía y yerma. En otras ocasiones aparece como una mujer sexualmente liberada, independiente y adelantada a su época, como una intelectual brillante, ambiciosa y segura de sí misma, incluso arrogante. 

“Mira madre, si supieras como me estoy forjando un alma (…) Me estoy construyendo una identidad, con gran dolor, muchas veces, como en un parto, pero es justo como debería ser, y prefiero purificarme en el fuego del dolor y del amor (…)”

No se trataba de una persona agradable y complaciente, no era la típica dócil ama de casa que horneaba pasteles. Tampoco era una oveja negra descastada. Caminó el ese fino filo entre la sumisión y la rebelión a lo largo de su vida, con numerosos momentos críticos. El editor de la primera publicación de sus diarios señalaba en el prólogo:

“(…) Hay algunos fragmentos desagradables que no aparecen -Plath tenía una lengua afilada y tendida a utilizarla con casi todo el mudo, incluso con personas a las que quería de modo desmesurado-.”

El sentimiento de vacío también es explorado por la autora. Muchos pacientes lo describen como una sensación de angustia, comparándolo con un agujero negro, un hueco en la caja torácica, con un pozo sin fondo. Sylvia en sus diarios confesaba que se sentía vacía, hueca, desolada. Como también sentía Esther, su alter ego en La campana de cristal:

“(…) Tenía que estar tan emocionada como la mayoría de las demás chicas, pero no lograba reaccionar. Me sentía muy tranquila y muy vacía, como debe de sentirse el ojo de un tornado que se mueve con ruido sordo en medio del estrépito circundante.” 

En uno de sus poemas más reconocidos, Lady Lazarus, describe sus infructuosas tentativas de suicidio, no como fracasos, sino como resurrecciones, como la de Lázaro, o un Ave Fénix poderoso.

“Morir / es un arte, como todo lo demás. / Lo hago excepcionalmente bien. / Lo hago para que se sienta como el infierno. / Lo hago para que se sienta de verdad. / Podrías decir que es mi vocación. (…) De las cenizas / me levanto con mi rojo pelo / y devoro hombres como si fueran viento.”

Edge (traducido como “Límite”) es el nombre de uno de los últimos poemas que escribió Sylvia. Comienza así:

“La mujer alcanzó la perfección. / Su cuerpo muerto muestra la sonrisa de realización, / la apariencia de una necesidad griega / fluye por los pergaminos de su toga, / sus pies desnudos parecen decir, / hasta aquí hemos llegado, se acabó. / (…)”

David Martín Escudero

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