¿Cuándo ir a terapia de pareja?

cuando ir a terapia de pareja
Imagen de Joanna Walkup

Muchos anhelan una relación, y cuando llega suele ser fuente de bienestar. Sin embargo, cuando esta se ve amenazada puede ser origen de ansiedad y deterioro anímico. Al fin y al cabo, tomamos más Lorazepam por las plegarias atendidas que por las que quedan por atender. Pocas cosas son tan frustrantes como el conflicto recurrente en una relación afectiva. Las parejas no acuden al psicólogo ante el primer bache, generalmente lo hacen tras muchos intentos estériles de entendimiento. Tendemos a posponer la decisión y a menudo se toma demasiado tarde, cuando el deterioro ha hecho mella en cada recoveco relacional.  No toda disputa necesita un árbitro, y decidir cuando ir a terapia de pareja no es una tarea sencilla.

Las dificultades de comunicación, diferencias en las prioridades vitales, desavenencias en el entorno familiar, distanciamiento afectivo o problemas sexuales, la falta de equidad, los celos o la territorialidad y un largo etcétera conforman las demandas más comunes que atendemos en consulta.

Cuando aparecen tensiones ante los cambios o transiciones.

Iniciar la convivencia, un traslado laboral o geográfico o la llegada de un hijo. En toda relación de larga duración impera el cambio. Hay quien define la inteligencia como la capacidad de adaptación a un entorno cambiante. En lo afectivo, aunque no seamos necios, nos aferramos a nuestras expectativas y pocas veces nos adecuamos fácilmente a las transiciones que implican las diferentes etapas de la relación de pareja.

No esperamos lo mismo del otro o de la relación (o de la vida) en el enamoramiento inicial que tras varios años relación. La convivencia, los entornos sociales o familiares compartidos, la gestión económica o los hijos componen espacios que generalmente se van incorporando poco a poco. Nuestras necesidades de afecto o atención cambian, la demanda de implicación del otro también, así como nuestras expectativas de espacio individual. Los conflictos emergen a partir de las tensiones que se generan en la evolución asimétrica entre las demandas y/o necesidades de ambos miembros.

Un proceso de terapia puede constituir un espacio en el que se negocien estas transiciones respetando ambos puntos de vista, desde la particularidad de cada pareja y la de sus miembros.

Cuando el conflicto se resuelve con agresividad

En el conflicto, la hostilidad emerge ante la falta de herramientas eficaces para su resolución. Ante la frustración, es común vernos implicados en una escalada en la agresividad. Cuando el conflicto nos desborda, intercambiamos reproches o ataques que van creciendo en intensidad y puntería. No es necesario ambos miembros de la pareja elijan los mismos dardos. En ocasiones respondemos con sarcasmo o indiferencia ante la rabia del otro. En otras reaccionamos con hostilidad ante su desatención. Son momentos en los que nos ciega la rigidez de nuestra propia perspectiva.

Un proceso de pareja debe ser un espacio que facilite la resolución de conflictos. Situarse en el lugar del otro, comprender y aceptar su punto de vista son aspectos clave, aunque permanezcamos en el desacuerdo.

Cuando aparecen el desprecio y la crítica destructiva.

La aceptación es un pilar sobre el que se sustenta el bienestar. La aceptación del otro constituye una de las bases de toda relación sana. Es cierto que en el inicio de toda relación tendemos a mostrar nuestra cara más amable. Tendemos a pasar por alto aquellos detalles (inicialmente irrelevantes) que no nos convencen de nuestro objeto de deseo. Tras el enamoramiento, y con el deterioro, podemos pasar de enaltecer virtudes a destacar todos sus defectos. Puede ser frustrante que nuestra pareja continúe sin hablar inglés, ronque, fume o no acabe de conectar con nuestros seres queridos. Esta frustración puede enquistarse y generar dinámicas en las que despreciemos o critiquemos aquellos aspectos en los que el otro falla, en los que fracasa en su aproximación al compañero/a ideal que deseamos.

Cuando los celos y la territorialidad interfieren en nuestro bienestar.

Los celos son la expresión emocional del temor a perder la persona amada en favor de un rival y se exacerban cuando parten de una demanda rígida e incuestionable de exclusividad sexual y/o afectiva. Los celos y la territorialidad son humanos y sin embargo son potentes agentes infecciosos. Tendemos a normalizarlos, a convivir con los propios y ajenos como con familiares molestos.

A veces son entendidos como una demostración de amor o de implicación. Sin embargo, el comportamiento celoso denota dos características de vulnerabilidad psicológica: la inseguridad y la necesidad de control. Cuando estos condicionan al otro activan dinámicas de poder o control que infectan la relación; socavan la comunicación, minan la autoestima y demuelen la confianza y la complicidad. Los celos son custodios que acaban destruyendo la relación que tanto velan. La comunicación, el respeto y la confianza son aspectos clave para su superación.

Cuando nos atrincheramos en la victimización

La victimización implica situarse en el papel de persona atacada, agredida o infravalorada. A priori, la posición de víctima aparece como un lugar de clara desventaja. No obstante, en el papel de persona ofendida podemos encontrar algunos beneficios secundarios. Al situarnos en el papel de mártir relacional podemos esperar una compensación, que puede traducirse en atención, afecto o apoyo o incluso altura moral.

En ocasiones nos situamos como víctimas de un ataque, cuando no lo somos o simplemente la agresión no es tal. Es cuando bien nos resignamos o bien reaccionamos de manera defensiva. Ambas opciones pasan factura a la relación o al otro. El rol de víctima no siempre pertenece a la misma parte en la relación, puede ser un papel intercambiable. Paradójicamente, la victimización continua puede situarnos como agresores pasivos.

Cuando el rencor y el resentimiento cronifican los conflictos

Una relación implica recorrer un camino con diferentes tramos. Pueden ser llanos, amplios, estrechos, tortuosos o empinados. En una relación desgastada, ante el conflicto, podemos reaccionar de forma sobredimensionada. No respondemos al desencadenante en sí, sino a todas las afrentas previas. Y es que cuando el resentimiento aprieta, la relación se ahoga.  

El resentimiento puede ser un lastre muy pesado. Una carga que nos arrastra a actitudes pasivo-agresivas, en las que ignoramos las necesidades del otro, o directamente hostiles. Hacer borrón y cuenta nueva no es fácil. Olvidar no es siempre posible ni imprescindible. No obstante, cargar con un inventario de agravios nos lleva inexorablemente al “y tú más” en una cronificación del resentimiento y el rencor.

Cuando existen desequilibrios en cuanto a equidad y poder

El amor implica una situación de vulnerabilidad compartida. El equilibrio completo es una utopía. Es posible que disfrutemos de situaciones armónicas; son destellos de felicidad. El reto es mantenerlo en el tiempo. Cuando existe un desequilibrio claro y prolongado, una de las partes es más vulnerable.  

En cualquier relación de pareja se producen diferentes dinámicas de poder, algunas son explícitas y otras transcurren de forma menos obvia.  La tensión puede estar en el reparto de tareas domésticas, en la gestión económica, las decisiones sobre el ocio y el tiempo libre, los amigos o la familia, los niños (si los hay), el sexo, etc.

Una relación armónica será aquella encuentra flexibilidad a la hora de asumir o delegar la toma de decisiones que afectan a ambos. Es decir, el conflicto será menor cuando los papeles que asumamos sean flexibles, satisfactorios y puedan adaptarse a situaciones y momentos vitales diferentes.

Las problemáticas anteriores pueden suponer signos válidos que indican cuando ir a terapia de pareja es una buena idea. El proceso puede facilitar el análisis de conflictos y desequilibrios y la búsqueda de acuerdos que satisfagan a ambas partes. Cada pareja es diferente y su problemática mantiene una dinámica propia. No existen recetas o soluciones universales. Un proceso adecuado debe valorar y adaptarse a las particularidades de cada relación y sus miembros.

David Martín Escudero

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