Nueve mitos sobre los ataques de pánico

Serían las ocho, estaba cansado y con ganas de llegar a casa. Entré en el vagón del metro distraído, creo que iba pensando en las cosas que tenía que hacer al día siguiente. En una parada se metió un grupo de adolescentes que hablaban muy alto. Empecé a sentirme mal. El corazón comenzó a latir muy fuerte. Me faltaba el aire, no podía respirar y sentía una especie de opresión en el pecho. Pensé que me estaba muriendo. La siguiente parada no llegaba…  Un señor me ayudó a bajar. Fue mi primer ataque de pánico.’

1. “No veas que ataque de pánico cuando he visto la factura.”

Un ataque de pánico NO es un momento de ansiedad o de preocupación ante una mala noticia o una vivencia desagradable. Se trata de un episodio repentino de terror, usualmente acompañado por taquicardia, transpiración, debilidad, mareo y dificultades para respirar. Además suele producirse una sensación de irrealidad, miedo a una fatalidad inminente o miedo a perder el control. Las manifestaciones se inician bruscamente y alcanzan su máxima expresión en los primeros 10 minutos, para luego desparecer por completo.

2. “Si tienes uno, tendrás muchos más.”

Sufrir un episodio NO implica tener un trastorno de pánico. En muchas ocasiones, una persona puede experimentar los síntomas una sola vez y no volver a padecerlo jamás. El hecho de haber sufrido en alguna ocasión un ataque de angustia no significa que se está desarrollando un trastorno de pánico. Se estima que cerca del 10% de la población ha sufrido o sufrirá un ataque de pánico a lo largo de su vida.  Entre estos, tan sólo entre un 15% y un 30% desarrollará un trastorno de pánico con o sin agorafobia. 

3. “Puedes morir de un ataque al corazón.”

Un ataque de pánico NO provoca un infarto de miocardio. La ansiedad se origina en la respuesta del organismo ante una amenaza, preparándose para huir o pelear. Así, el miedo provoca que el corazón aumente bruscamente su actividad para enviar mayor volumen de sangre a nuestra musculatura, preparándonos para la acción. Esta sensación puede hacernos creer que algo no va bien, que vamos sufrir un infarto.

Para que se produzca un ataque al corazón, deben confluir una serie de factores orgánicos, genéticos, de estilo de vida, etc. que originen el accidente cardiovascular. El corazón está diseñado para asumir cambios bruscos en su funcionamiento sin mayores dificultades. A pesar de la sensación de taquicardia y descontrol, un corazón sano puede resistir un ataque de pánico y volver a sus niveles normales en cuestión de minutos.

 4. “Si no se para a tiempo pierdes el conocimiento.”

Un ataque de pánico NO provoca un desmayo o pérdida del conocimiento. Se trata de una creencia bastante frecuente entre las personas afectadas. Las sensaciones de mareo, vértigo o pérdida de equilibrio son percibidas como la antesala de una pérdida de consciencia. Por el contrario, fisiológicamente, para que se produzca un desmayo debe haber una  bajada brusca de presión arterial. En un episodio de pánico, la ansiedad y la consiguiente aceleración del ritmo cardiaco producen lo contrario, aumenta la presión arterial. Por tanto, a pesar de la sensación de pérdida de control, el temido desmayo nunca llega a producirse.

5. “Puedes perder el contacto con la realidad, puedes volverte loco.”

Un episodio de angustia NO tiene relación con un brote psicótico. Algunas personas cuando han sufrido un ataque de pánico, han creído que están experimentando algún tipo de trastorno psicótico. La sensación de irrealidad, confusión mental o alteraciones de la visión pueden hacer creer que algo se ha “roto” en la cabeza. Estas sensaciones tienen una explicación con base fisiológica: una anormal activación del sistema nervioso. El trastorno de pánico es un trastorno de ansiedad y no de tipo psicótico. Son enfermedades mentales con diferencias significativas en su origen, síntomas, pronóstico y tratamiento.

6. “¿Ataque de pánico? Pero si eso es cosa de jovencitas.”

El trastorno de pánico NO afecta exclusivamente a las mujeres jóvenes. Se trata de una de las enfermedades mentales con mayor frecuencia en las sociedades occidentales. Diversos estudios epidemiológicos en diferentes países arrojan una prevalencia entre un 1,5% y un 3% de la población general. Los síntomas por lo general comienzan entre los 20 y 25 años de edad, pero pueden ocurrir por primera vez más allá de los 35 años. A pesar de tratarse de una enfermedad dos veces más común en las mujeres, también afecta a una proporción importante de población masculina.

7. “Es mejor no coger transporte público o ir a lugares con mucha gente hasta que se te pase.” 

Evitar los lugares donde puedes sufrir un ataque NO es la solución. Frecuentemente, el temor a sufrir un episodio impide desarrollar actividades como conducir o pasear, o hace evitar el transporte público o lugares concurridos. Este miedo puede incapacitar a la persona hasta el punto de desarrollar cuadros de agorafobia. Por ello, el trastorno de pánico es uno de los trastornos de ansiedad que puede producir más incapacitación. Sin embargo, la causa de este temor no está en el exterior. Es miedo al propio miedo y hay que superarlo. Lo más adecuado es procurar atención psicológica con anterioridad a que el día a día se vea limitado. 

8. “Es una enfermedad que se supera sólo con pastillas.”

El tratamiento farmacológico exclusivo NO es el más eficaz. Es cierto que cuando se decide acudir al médico, la persona suele presentar un estado anímico muy decaído y otros síntomas ansiosos. Es muy probable salir de esta primera visita con recetas de antidepresivos y ansiolíticos. La administración de medicamentos sin atención psicológica mitiga los síntomas, pero no produce mejoras viables en el tiempo. Aunque es más costosa para el paciente, y no sólo en el ámbito económico, la psicoterapia ofrece resultados positivos y duraderos en el tiempo. Eso sí, dependiendo del grado de severidad y la afectación funcional, puede ser conveniente combinar el tratamiento psicológico con otro de tipo farmacológico.

9. “Es para siempre, nunca se acaba de curar.”

El trastorno de pánico NO es permanente o incurable. Diversos estudios muestran que sin un tratamiento eficaz puede adquirir un carácter crónico con periodos de mejoría y de exacerbación. Al igual que otras enfermedades mentales, puede ser superado si se procura atención psicológica. El tratamiento debe orientarse inicialmente a la exploración y entendimiento de la casuística y circunstancias vitales de cada persona. Posteriormente es importante capacitar al paciente en la observación, entendimiento y control de las sensaciones físicas, emociones y pensamientos implicados en los episodios de angustia. Técnicas como la exposición interoceptiva o el entrenamiento en relajación progresiva son elementos muy eficaces si se integran en un proceso terapéutico adecuado.

David Martín Escudero

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