Home » Trastornos de personalidad » La herida narcisista
El narcisismo parece estar de moda. Y como tantas veces, narcisistas son los otros. Vemos las redes sociales llenas de publicaciones sobre “cómo identificar y alejarte de perversos narcisistas”. Los manuales psiquiátricos lo incluyen como un trastorno de personalidad del Cluster B. La versión más pop del mito de Narciso nos alerta de un exceso de amor propio, un amor cegador, algo que requiere de audiencia, personas auxiliares para el fortalecimiento del ego del sujeto.
También refiere a la grandiosidad, algo así como si la persona se supiera colmada de las mejores características, ser la o el mejor en lo suyo, por tanto, no sufrir por no ser algo o por desear algo que no se tiene. Moverse con el egoísmo de quien se cree totalmente independiente, sin rastro de herida. La pregunta que me asalta cuando me acerco a este perfil es justo alrededor de la herida narcisista, esto es, ¿qué hacemos con lo que no tenemos? ¿cómo cada quien se relaciona con su falta?
Pensemos en primera persona sobre el sufrimiento detrás de la pregunta ¿quién soy yo para el otro? ¿cuán de valioso soy para el otro? O dicho de otra forma: ¿Qué implicaría no ser suficiente? ¿Cómo lo manejaría? Aquí aparece la idea de defensa, ¿cómo me defendería de ese dolor? ¿tiene que ver con el sentimiento de abandono?
Sobre estas preguntas, encontramos una variedad de respuestas entre los profesionales. Como veremos, unos serán más compasivos que otros con la respuesta. Por ejemplo, para el psiquiatra y psicoanalista Otto Kernberg, quien pudo acceder a tratar a pacientes más graves al trabajar en un hospital público, el narcisista es un ambicioso, un codicioso envidioso que demanda atención y elogios de los demás. Kohut- que trabajó en consulta privada, con un perfil de pacientes con mejor estatus socioeconómico, esto es, “menos graves”, veía el narcisismo más “suave”, más cotidiano: la persona que es muy vulnerable a la crítica, fácilmente herido por los demás, tiene una herida narcisista. Por ello quizás Gabbard (2002) apuesta por la idea del continuo: todos tenemos una herida narcisista y depende de cómo nos relacionemos con ella desplegaremos unos y otros mecanismos, unos irán hacia la arrogancia y la dureza y otros hacia cierta sensibilidad.
Florencia Abadi (2020) rompe un poco la idea del narcisista como un cegado autocentrado ensimismado, y le da completamente la vuelta: “el narcisista es un sacrificado”. Para ello acude a la versión del mito de Narciso que hace Calderón de la Barca. Según Abadi, el narcisista no sería entonces el egoísta que solo se ama a sí mismo sino que Narciso sacrifica su vida por su imagen: “se posterga a sí mismo para ser amado por el otro”. Si la visión clásica o más pop apuesta por la reflexividad total del narcisista, por el autoerotismo de este, ahí donde el otro no aparece en ningún lugar, la autora difiere: el narcisista vive por y para cumplir las expectativas y el deseo del otro, desconociendo por ello totalmente el suyo.
En concreto y en primera instancia, parece vivir para el deseo de la madre (o cuidador principal), y lo explica a través de la figura de Liríope, madre de Narciso: “la hermosura [de Liríope] le corresponde a su embarazo y es ella quien le pone el nombre solitariamente […] Si Liríope es una ninfa del agua con nombre de flor, el hijo se convertirá al morir en la flor de agua que llevará su nombre. Una identificación con la madre que se realiza precisamente a partir de la muerte sacrificial del héroe”.
Si Narciso no conoce su deseo sino que se entrega a colmar el de la madre, se busca en el reflejo para encontrar algo propio, no tanto para admirarse. Si la madre lo quiere ver como el hijo sin falta, sin falla (para su propio deseo) este verá la falta como algo terrible, por lo que necesitará verse como perfecto. Quizás sea desde ahí que pueda surgir la necesidad de grandiosidad, la fantasía de autosuficiencia. Stephen Mitchell (1993) propuso-según mi punto de vista- una visión más compasiva del narcisismo que la de Kernberg y más cercana a la de Abadi, ahondando en la raíz para entender la herida. ¿Y si la defensa narcisista se originara en una frustración primaria?
“El infante con inclinaciones narcisistas siente que él mismo y proyectivamente otras personas son esencialmente sádicas y este panorama de agresividad domina la primera experiencia. Se siente tan frustrado y lleno de odio (sea por agresividad oral o por baja tolerancia a la frustración), que no tolera la esperanza ni la posibilidad de que alguien le ofrezca algo placentero” (Mitchell, 1993).
Todas las emociones que se le despiertan a la persona narcisista con la idea de que el otro tiene algo para darle que él no tiene, le lleva a la fantasía de autosuficiencia, que es una fantasía de grandiosidad per se. La defensa narcisista se erigiría entonces ante el terror de sentirse indefenso y dependiente.
“Si el paciente se da cuenta de lo insignificante que se siente entonces quizás puede abandonar esa odiosa grandiosidad… porque también se odia por ello, se detesta tanto que no puede ser aquello que dice ser.” (Mitchell, 1993).
¿Y si el narcisismo entonces no tuviera tanto que ver con el amor ciego a uno mismo, el mirarse en fijación en el reflejo y saberse perfecto, sino con la imposibilidad de concebir necesitar al otro, de estar en falta frente al otro? En este sentido vivimos en un escenario que propicia esto al máximo: la obsesión por el crecimiento personal individual, por la cultura de la autoexplotación y la imagen, la del yo como un producto, la del hacerse a uno mismo. A nivel de sociedad estamos muy lejos, pero deberíamos acercarnos a reconocer la falta, la insuficiencia individual, también para recuperar la potencia de lo colectivo.
Beatriz Redondo López-Samaniego
Abadi, F. (2020). El sacrificio de Narciso. Ed: Punto de vista editores.
Gabbard, G. O. (2002). Capítulo 16: Trastornos de la personalidad del Grupo B. Narcisista, en Psiquiatría Psicodinámica en la práctica clínica. Panamericana.
Mitchell, S. A. (1993). Capítulo 7: Las alas de Ícaro, en Conceptos relacionales en psicoanálisis: Una integración. Siglo XX.
Mitchell, S. A. (1993). Capítulo 8, Un delicado equilibrio: El juego clínico de la ilusión, en Conceptos relacionales en psicoanálisis: Una integración. Siglo XX.







