El vínculo traumático

Vínculo traumático
Foto de Savannah Bolton

Por qué algunas personas permanecen en relaciones destructivas

En la fantástica serie de televisión Querer de Alauda Ruiz de Azúa (2024), el vínculo traumático (o trauma bonding) traza un eje argumental en el que su protagonista, Miren, tras 30 años de convivencia, abandona a su marido y lo denuncia por violación conyugal continuada. La serie muestra cómo el control, la dependencia y la violencia sexual transcurren en la cotidianidad, sin aspavientos, en un proceso de destrucción insidiosa de la autonomía psíquica de su protagonista.

El espectador (al igual que cuando conocemos otros casos de violencia machista prolongada) se plantea la siguiente pregunta: “¿Por qué no se ha marchado antes?”. La cuestión parece razonable para quien observa la situación desde fuera. Cuando el abuso es evidente, la solución parece sencilla. Sin embargo, para la persona que sufre violencia, abandonar la relación compone una ardua tarea.

Esta aparente contradicción constituye uno de los fenómenos más complejos de la psicología del trauma y del apego: el vínculo traumático (trauma bonding). Se trataría del intenso lazo afectivo que puede desarrollarse entre una víctima y su agresor cuando la violencia se alterna con episodios de cuidado, afecto y reconciliación.

El vínculo traumático puede darse en el ámbito de pareja, el familiar y, aunque en menor medida, también puede aparecer en algunos entornos sociolaborales. Aunque el término ha adquirido una gran popularidad en el ideario colectivo, especialmente en redes sociales, su significado suele simplificarse excesivamente. Con frecuencia se identifica con la dependencia emocional o con el apego ansioso, cuando en realidad se trata de un fenómeno mucho más específico, que implica la interacción entre el trauma interpersonal, el aprendizaje por refuerzo y el sistema de apego.

Comprender el vínculo traumático resulta esencial no solo en el proceso psicoterapéutico, sino también para evitar interpretaciones moralizantes acerca de por qué una persona se ve anclada en una relación profundamente destructiva.

El ciclo del abuso y el trauma

El trauma se ha vinculado tradicionalmente a la exposición, valga la redundancia, a una experiencia traumática. El Trastorno por estrés postraumático (TEPT) fue introducido por primera vez en los manuales diagnósticos en los años 80 a raíz de las secuelas en los combatientes norteamericanos en la Guerra de Vietnam. La vivencia traumática se desmarcaba del entonces denostado psicoanálisis; ya no emergía desde etapas infantiles y podía partir de la vida adulta y en entornos que a priori debían ser seguros. La familia o la relación de pareja también pueden ser campos de batalla para el trauma.

Uno de los primeros autores en describir este tipo de dinámica traumática, fue la psicóloga e investigadora norteamericana Lenore Walker.  La autora pone el foco en la experiencia de mujeres víctimas de violencia machista atrapadas en su relación incluso después de sufrir agresiones muy graves. Para explicar el proceso, como buena teórica americana de los años ochenta, ideó un modelo estructurado en fases y un nombre pintón: el “ciclo de abuso” y sus cuatro etapas (Walker, 1979):

  • Acumulación de tensión,
  • Episodio de agresión o incidente,
  • Reconciliación
  • Calma (o también “fase de luna de miel”).

En la fase de acumulación de tensión, el estrés y el conflicto aumentan gradualmente, lo que lleva a un incidente explosivo de abuso. Después se produce la reconciliación, en la que el agresor y víctima se reencuentran, con afectuosas promesas de cambio. A continuación, un período de relativa paz que refuerza la esperanza de mejora. Para poco a poco, volver a la acumulación de tensión y dar inicio de nuevo al ciclo.

Poco después, Donald Dutton y Susan Painter (1981) desarrollaron el concepto de apego traumático, señalando que la combinación entre abuso intermitente y desequilibrio de poder favorecía la aparición de vínculos extraordinariamente resistentes.

Posteriormente, Patrick Carnes (1997) amplió estas ideas utilizando el término vínculo traumático, que definió como un vínculo emocional intenso desarrollado entre una víctima y una persona abusiva mediante ciclos repetidos de maltrato y reconciliación.

Desde entonces, el concepto ha sido incorporado a numerosos modelos sobre violencia de pareja, abuso infantil, sectas coercitivas, trata de personas y relaciones de explotación.

¿Qué es exactamente un vínculo traumático?

El vínculo traumático puede definirse como un apego intenso y persistente hacia una persona que constituye simultáneamente una fuente de seguridad y una fuente de amenaza.

Esta característica lo diferencia de la mayoría de los vínculos afectivos normales. En una relación sana, la figura de apego proporciona protección cuando aparece el estrés. En un vínculo traumático ocurre algo muy distinto: la misma persona que provoca el miedo es quien posteriormente ofrece alivio.

Desde la perspectiva de la teoría del apego de John Bowlby (1969), el sistema de apego impulsa automáticamente a buscar proximidad cuando experimentamos amenaza o ansiedad. Pero si la fuente de la amenaza coincide con la figura de apego, el individuo queda atrapado en un conflicto sin una solución sencilla. El resultado es una forma de apego desorganizado o ansioso ambivalente.

El adulto traumatizado puede tender tanto al aislamiento y al distanciamiento afectivo como a las relaciones intensas, codependientes. Son frecuentes los procesos alternantes de idealización y devaluación o aquellos de entrega y huida.  

Otro aspecto relevante se relaciona con las percepciones del perpetrador. La víctima a menudo presenta percepciones alteradas del agresor o agresores y de su entorno. Encontramos muchos ejemplos en la violencia machista, cuando la víctima puede atravesar momentos vitales en los que se preocupa por el bienestar del maltratador, a otros en los que planifica de forma exhaustiva su venganza.

Otro caso es aquel en el que la persona traumada que crece con una figura de apego negligente, y que, a pesar del maltrato, idealiza a su progenitor en la vida adulta. Otra forma de alteración en la percepción del agresor se da cuando se integra su sistema de valores o creencias. Como aquellas personas víctima de violencia o incluso abuso sexual en el seno de instituciones religiosas que integran la doble moral del abusador. O aquellas que vivieron una disciplina extrema en su entorno educativo que defienden en la vida adulta aquel “la letra con sangre entra”.

Esta contradicción ayuda a explicar por qué muchas víctimas buscan precisamente a su agresor después de un episodio de violencia. A priori esta conducta parece irracional, desde una comprensión del apego traumático, constituye una respuesta comprensible. Desde la percepción de la víctima, la supervivencia psicológica depende, en gran medida, de mantener el vínculo con quien ejerce el control (Herman, 1992).

El papel del refuerzo intermitente

Uno de los mecanismos psicológicos más importantes implicados en el vínculo traumático es el refuerzo intermitente. La alternancia entre el afecto el desprecio y la ambivalencia resultante, debilita la autonomía de la víctima y fortalece el vínculo. Las muestras de afecto aparecen de forma impredecible. A veces el agresor se muestra encantador, siendo fuente de bienestar y seguridad afectiva. En otras, es cruel y abusivo.

Paradójicamente, esta imprevisibilidad fortalece el vínculo. Cada pequeño gesto de cariño adquiere un enorme valor psicológico porque aparece después de periodos prolongados de sufrimiento. No es el afecto lo que aumenta la dependencia. Es la incertidumbre. Cuanto mayor es la alternancia entre castigo y recompensa, más intensa suele ser la vinculación emocional (Dutton et Painter,1981).

Trauma, dependencia y supervivencia

Uno de los mayores errores consiste en interpretar el vínculo traumático como una forma de amor dependiente, conflictivo o simplemente exagerado. A menudo se niega o se quita importancia a la violencia perversa en la pareja, y se la reduce a una mera relación de dominación. Una de las simplificaciones consiste en hacer de la víctima el cómplice o incluso el responsable de un intercambio perverso. Esto supone negar la violencia de los ataques y la gravedad de la repercusión psicológica del acoso que se ejerce sobre ella. Las agresiones pueden ser sutiles, no dejan rastros tangibles y a menudo testigos tienden a interpretarlas como gajes de una relación pasional o conflictiva entre dos individuos, cuando en realidad pueden componer un entramado de violencia que puede resultar en la destrucción psíquica o moral de su víctima (Hirigoyen 2000).

Las personas sometidas a violencia interpersonal prolongada desarrollan mecanismos destinados prioritariamente a sobrevivir (Herman, 1992). En este contexto, mantener el vínculo con el agresor puede convertirse en una forma de reducir el peligro inmediato. La víctima aprende qué comportamientos disminuyen temporalmente la violencia y aprende a anticipar el estado emocional del agresor. De esta forma, modifica continuamente su conducta para evitar nuevos episodios de abuso. Con el paso del tiempo, gran parte de su energía queda dedicada a regular la relación como una estrategia de supervivencia.

Comprender este aspecto resulta esencial para abandonar la idea de que la víctima “permanece porque quiere”. En la mayoría de los casos permanece porque su sistema psicológico ha aprendido que conservar el vínculo aumenta, al menos temporalmente, sus posibilidades de seguridad.

David Martín Escudero

 

Bowlby, J. (1969). Attachment and Loss. Vol. 1: Attachment. Basic Books.

Carnes, P. (1997). The Betrayal Bond: Breaking Free of Exploitive Relationships. Health Communications.

Dutton, D. G., Painter, S. (1981). Traumatic bonding: The development of emotional attachments in battered women and other relationships of intermittent abuse. Victimology, 6(1–4), 139–155.

Herman, J. L. (1992). Trauma and Recovery. Basic Books.

Hirigoyen, M. F. (2000). El maltrato psicológico en la vida cotidiana. Paidós.

Walker, L. E. (1979). The Battered Woman. Harper & Row.

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