Síndromes raros

Síndrome de Cotard

Mucho antes de la noche de los muertos vivientes de George A. Romero, a finales del siglo XIX, el neurólogo francés Jules Cotard describía el primer caso de walking dead. La paciente afirmaba no tener cerebro, ni órganos, ni intestinos; sólo poseía la piel y los huesos de un cuerpo en descomposición. Creía no tener necesidad de comer o beber para vivir y que no podía morir naturalmente. Sólo dejaría de existir eternamente si era quemada.

El síndrome de Cotard es uno de esas enfermedades mentales extremadamente raras y sorprendentes. El paciente siente que ha muerto y continúa existiendo en un cuerpo que está en proceso de putrefacción. En muchas ocasiones se produce una disociación entre cuerpo y mente consciente, lo que lleva al sujeto mantener la creencia de no precisar su sustento corporal para existir.

El delirio aparece asociado a depresiones psicóticas severas, demencia o esquizofrenia. En 1995 se publicó una revisión de cien casos en el que se identifican tres patrones diferenciados o subtipos. Sin embargo, a día de hoy no está incluido en el DSM ni constituye una entidad diagnóstica compartida en la práctica clínica.

Un estudio reciente llevado a cabo en la Universidad de Lieja, en Bélgica, señala anomalías en el funcionamiento cerebral. Los patrones de activación cerebral del sujeto se asemejan a los propios del sueño o un estado de sedación. La neurociencia actual apunta que el síndrome se corresponde con un funcionamiento anormal en la amígdala u otras estructuras límbicas del cerebro.

Síndrome de Koro

El síndrome de Koro se desarrolla a partir de la creencia de que el pene encoge y que llegará a desaparecer dentro del abdomen provocando una muerte lenta y dolorosa. Aunque de manera mucho menos frecuente, también se han documentado casos en mujeres. Ellas perciben que su bulva o pezones comienzan a contraerse o disminuir su tamaño.

Se trata de un síndrome transcultural, registrado en el DSM y se da principalmente en China y algunos países del sudeste asiático. Los pacientes sufren elevados cuadros ansiosos y un patrón de pensamiento obsesivo relativo a sus genitales. Ante la creencia de que su pene está siendo absorbido, lo estiran de forma compulsiva intentando evitar su desaparición.
En algunos casos existe un componente moral, los hombres asocian su maldición al contacto con prostitutas o prácticas sexuales inadecuadas. El síndrome pasa a ser algún tipo de castigo. La culpa y la ansiedad consiguientes son motores que alimentan una percepción corporal errónea.

Se han documentado brotes colectivos del síndrome en Asia y África. En 1967 en Singapur se extendió la creencia de que la ingestión de carne de cerdo contaminado producía la retracción y desaparición de los genitales. Los servicios de salud atendieron a cientos de hombres jóvenes que acudían presa del pánico sujetándose el pene para evitar su desaparición.

Síndrome de Clérembault

El síndrome de Clérambault fue descrito por primera vez en 1921 por el psiquiatra francés Gäetan Gatian de Clérambault y consiste en un delirio cuya temática se centra en la existencia de una persona amada (hombre o mujer). Es decir, el sujeto se obsesiona y elabora una historia de amor sin elementos reales, incluso sin que exista una relación personal con el objeto de deseo.

El sujeto presenta una preocupación excesiva, repetitiva y persistente por la persona amada (que acaba por no dejar espacio para otros intereses en su vida), y que frecuentemente acaba derivando en persecución o acoso.
Por lo general, la persona amada pertenece a un estatus social superior al paciente, ya sea en su entorno inmediato o en un ámbito inasequible. Es frecuente que se elija a famosos, como actores, músicos o intelectuales. Un aspecto particular se refiere a cómo muchas veces el paciente explica la correspondencia de la persona objeto de deseo. La supuesta forma de comunicación se produce a través de pequeños gestos privados, que el paciente reconoce e identifica como dirigidos exclusivamente a él o ella.

En ‘Amor perdurable’ (1997), el británico Ian McEwan narra como Jed Parry, un fanático religioso, se enamora y persigue al protagonista de la historia, Joe, un escritor de artículos científicos felizmente casado. La novela incluye un apéndice donde se recoge un artículo escrito por el psicólogo responsable del tratamiento de Jed Parry y supuestamente publicado en la Revista Británica de Psiquiatría. En realidad se trata de un caso ficticio, un eficaz e interesantísimo recurso literario utilizado por el autor. De este apéndice extraemos el siguiente párrafo:

En uno de sus primeros y más famosos casos, Clérambault describió a una francesa de cincuenta y tres años que creía que el rey Jorge V estaba enamorado de ella. Lo persiguió con insistencia a partir de 1918, realizando varios viajes a Inglaterra. Solía esperarlo frente al Palacio de Buckingham. Solía esperarlo frente al Palacio de Buckingham. Una vez vio que en una de las ventanas del palacio se movía una cortina e interpretó este hecho como una señal del rey. Afirmaba que todos los londinenses conocían su amor por ella, pero alegaba que él le había impedido encontrar alojamiento en Londres, anulando sus reservas de hotel, y que era responsable de la pérdida de su equipaje, que contenía dinero y retratos suyos (…)

David Martín Escudero

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