Personas tóxicas vs. relaciones tóxicas

Collage de Rayo Púrpura

Últimamente se extiende la creencia de que existen personas tóxicas, auténticos vampiros de energía que provocan malestar y de los que conviene huir como de la peste. Algunos artículos o posts nos aconsejan como detectar estos esbirros del mal y neutralizarlos. Estas personas, naturalmente, son los otros. Usted nunca se identifica con ese ser mezquino que por victimizarse, manipular, controlar o agredir al otro es denominado “persona tóxica”. Aunque seamos conscientes de nuestros defectos, todos tendemos a considerar que somos buenas personas.

Es cierto que existen personas con una escasa capacidad para empatizar con el otro, personas que procuran un beneficio personal en sus relaciones interpersonales, personas intransigentes con tendencia a poner el dedo en la llaga, personas que se victimizan, personas inseguras, personas controladoras. De manera general, no nos conviene su cercanía. Sin embargo, ¿no es cierto que todos somos potencialmente tóxicos en mayor o menor medida?

Es probable que ese novio que le hizo la vida imposible con sus tretas y manipulaciones se desviva por satisfacer a sus niños o sea el más fiel para sus amigos. De igual forma, esa compañera de trabajo al que adoramos y con la que siempre podemos contar, puede ser una auténtica déspota controladora en su relación de pareja.

Las personas no acostumbran a ser tóxicas. Lo son las relaciones que establecemos y mantenemos. Para que una dinámica relacional sea tóxica necesita al menos dos actores. Y el miembro tóxico no siempre es el otro.

La expectativa, el desprecio y la crítica destructiva.

Una relación satisfactoria acostumbra a pasar por la aceptación del otro. Las personas evolucionan a través de la experiencia, no mutan a voluntad de sus parejas. Al inicio de una relación podemos pasar por alto algunos rasgos del otro, bien porque el enamoramiento idiotiza al más sabio o bien porque pensamos que toda aspereza puede (y debe) ser limada.

Ya en faena, pasada esa idealización transitoria, puede ser frustrante que nuestro objeto de deseo continúe siendo tan egoísta, siga haciendo ruido al masticar, pase tanto tiempo en el sofá, vea películas dobladas al castellano o no se haya interesado por la literatura contemporánea japonesa.

La frustración que genera no aceptar al otro puede hacernos despreciar, infravalorar o criticar sus cualidades. Puede generar dinámicas relacionales en las que una de las partes exige o presiona al otro para se aproxime a ese compañero/a ideal que había proyectado.

La agresividad y la escalada en el conflicto.

¿Alguna vez le han definido como una persona con mucho carácter? ¿Y con mal genio? ¿Y con mala leche? ¿Tal vez irascible? Si la respuesta es afirmativa, y aunque también se identifique con los términos buenazo/a, pedazo de pan o bellísima persona, probablemente haya explotado con aquel o aquella que más quieres. Generalmente la conducta agresiva surge ante la falta de herramientas eficaces para la resolución de un conflicto. Es probable que se dé una escalada de agresividad, en el que ambas partes intercambian reproches que van creciendo en intensidad y puntería. No es necesario ambos miembros de la pareja elijan las mismas armas. Es posible que una de las partes reaccione con rabia o ira y la otra responda con sarcasmo o indiferencia. Se puede compensar con un detalle o pedir disculpas, pero la dinámica continúa siendo tóxica.

El poder y el control.

En la mayoría de las relaciones afectivas se producen diferentes dinámicas de poder, algunas son obvias y otras transcurren de manera más implícita. Ese tira y afloja suele referirse a las tareas domésticas, la gestión económica, el ocio y el tiempo libre, la familia, los niños (si los hay), el sexo, etc. Debemos ganar algunas batallas y debemos realizar algunas cesiones. Es importante que en este proceso no acabe en la imposición de nuestro particular régimen dictatorial ni en la claudicación de todas nuestras demandas. La imposición de nuestro criterio  puede provocar una pérdida de autonomía, una sensación de ahogamiento o el más agrio resentimiento en el otro. Por el contrario, una cesión en muchos frentes puede ser recibida como una actitud de indiferencia o de escasa implicación. Es conveniente lograr un equilibrio en el que ambas partes se sientan cómodas y empoderadas.

Los celos y el territorio.

¿Es usted una persona celosa? ¿Lo es su pareja? Ser celoso en algunos contextos parece tener tanta importancia como ser gracioso o de complexión delgada. Convivimos con los propios y los ajenos como con unos vecinos molestos. Tal vez crea que los celos son una demostración de amor o de implicación, un peaje que hay que pagar en toda relación afectiva.

Los celos denotan inseguridad y desconfianza, elementos tóxicos donde los haya. Cuando estos condicionan al otro activan dinámicas de poder o control que producen una pérdida de confianza, autonomía o intimidad, elementos clave para una una relación de pareja satisfactoria.

La victimización y la conducta defensiva.

Victimizarse implica situarse en el papel de persona ofendida, agredida o infravalorada. ¿Es usted la víctima en la relación? En caso afirmativo, ¿por qué sigue ahí? Sentirse víctima puede ser un papel edificante ante otros. En algunos casos obtenemos cariño o apoyo social. Algunas personas incluso asumen que el papel de mártir relacional puede otorgar altura moral. Sin embargo, a veces nos situamos como el blanco de una agresión, cuando no lo somos o simplemente la agresión no es tal. En estas ocasiones, bien nos resignamos o bien reaccionamos de manera defensiva. Ambas opciones pasan factura a la relación o al otro. Paradójicamente, la victimización continua puede situarnos como agresores pasivos.

El rencor y el conflicto crónico.

¿Cuántas veces ha sentido que esa es la gota que colma el vaso? Probablemente ese vaso se haya desbordado varias veces. En muchos de los conflictos no reaccionamos por el desencadenante en sí, sino por todas las afrentas previas. ¿Reaccionamos con rencor?

Tienda a la postura pasivo-agresiva, a la agresiva, a la manipulación o la descalificación del otro, el rencor es un motor potente y altamente contaminante. No se trata de comenzar de cero tras cada roce. La resolución de un conflicto debe pasar por su comprensión y aceptación. Olvidar no es fácil o necesario.  Sin embargo, llevar un inventario de afrentas implica que las mantengamos activas, nos dirige al “y tú más”, volviendo crónicos estos activos tóxicos en la relación.

David Martín Escudero

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