La depresión de acuerdo a Mark Fisher

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Cuando el filósofo Mark Fisher se suicidó en 2017, luego de años deprimido y habiendo escrito mucho sobre las condiciones materiales de la depresión y el sufrimiento social, su compañero el también filósofo Franco Berardi “Bifo”, escribió:

“Era difícil acceder a la esfera de su intimidad física. No recuerdo si cuando nos vimos por primera vez me dio un abrazo, o si yo mismo lo abracé, como lo hago (probablemente de manera demasiado frecuente) con amigos o, en efecto, con cualquiera. Su presencia física emanaba una vibración frágil, y también su voz se quebraba a veces y se volvía inaudible, fina y temblorosa” (Bifo, 2017).

Para Fisher, y puedo estar muy de acuerdo, muchas formas de depresión son mejor entendidas —y mejor combatidas— a través de marcos que son impersonales y políticos más que individuales y «psicológicos». Los datos no mienten, el uso de psicofármacos está estrechamente ligado con pertenecer a cierto rango social o con tener uno u otro código postal. (Carmona y Padilla, 2022)

El estar sometido a diferentes estructuras sociales de opresión causan un tipo de dolor a veces muy invisible, cierta “sensación de inferioridad ontológica”, decía Fisher. Él hablaba desde un contexto: la Inglaterra de los años 80, la precariedad de gran parte de los trabajadores, el paro, los recortes sociales y la falta de oportunidades.

“Debemos entender la resignada obediencia de la población del Reino Unido al mandato de austeridad como la consecuencia de una depresión deliberadamente cultivada. Esta depresión se manifiesta en la aceptación de que las cosas empeorarán (para todos excepto para una pequeña élite), de que tenemos suerte por el mero de hecho de tener un trabajo (así que no tenemos que esperar salarios que le sigan el paso a la inflación), de que no podemos permitirnos la provisión colectiva del Estado de bienestar”

(Fisher, 2018)

Para Fisher la depresión era- como para tantos otros- la pérdida del sentido, o la conciencia del no sentido de la vida así como la continua sensación de impotencia. Y Bifo, supongo que pensando también en ese no abrazo que -no- se dió con su colega, rescataba que es en el tacto, en el ser tocado por el otro, en esa conexión, de donde podemos traer de vuelta el significado a la vida. Que las heridas sociales que nos distancian, tensan, aislan y atomizan, se curan en colectivo.

“Así que cuando el cuerpo individual o colectivo se ha vuelto incapaz de relajarse, de experimentar placer, cuando el respirar se vuelve nerviosamente fragmentario, entonces es que transformamos el deseo en crueldad o elegimos no desear, a saber, deprimirnos. El sufrimiento social se vuelve él mismo depresión cuando nubla la capacidad de ser cuidado, acariciado. Y la apertura a recibir una caricia no es solo la condición para la felicidad individual, sino también para la autonomía colectiva.”

(Bifo, 2017)

Las palabras de Bifo suenan a una claridad apabullante, a un sentido común que nadie en su sano juicio rechazaría. Porque ¿quién no querría ser cuidado? Si ya sabemos lo que nos beneficiaría y aseguraría nuestra supervivencia, ¿por qué no está sucediendo el cambio de paradigma? ¿Por qué no estamos eligiendo o deseando otras forma de vida con más cohesión social, con menos aislamiento y más ligados a la naturaleza, que es quien nos provee? Puede que quizás estemos dando por hecho que siempre deseamos cosas buenas para nosotros mismos, que siempre funciona el principio de autoconservación. Y puede que no estemos en lo cierto.

“Estoy francamente asombrado por la propensión humana a buscar inconscientemente experiencias atormentadoras”, sentenciaba Gabbard (2012) derrotado ante el humano rasgo masoquista. El goce, la pulsión de muerte, la compulsión a la repetición, en términos psicoanalíticos. El mal vicio, la autodestrucción, en términos coloquiales.

Desde el punto de vista relacional, sería la búsqueda que muchas personas hacen de un objeto suficientemente malo, donde “no se trata simplemente de obtener placer del dolor, sino que más bien, al buscar y adherirse a objetos que los tratarán mal, conservan un sentido de continuidad, de organización intrapsíquica, incluso de seguridad” (Gabbard, 2012). Mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer. Mejor lo que me maltrata que quedarme solo. Mejor fracasar que abrirme a lo incierto.

Me gusta cómo ilustraba esto del masoquismo el filósofo Amador Fernández-Savater, el hijo de Fernando Savater. Para ello se sirve de la fábula del escorpión y la rana, de la película Mr Arkadin, de Orson Welles. En ella, el escorpión le pide a la rana cruzar un río subido sobre ella. Esta desconfía de él, cree que la picará a mitad de camino y morirá. “Si te pico ambos nos ahogaremos, no haré eso”. La rana accede pero a mitad de camino el escorpión la pica. Mientras ambos se ahogan ella se lamenta: -“Esto no tiene lógica”-. A lo que el escorpión le responde: -“Lo sé, es mi carácter”-.

El escorpión, en su impulso destructivo sería otro “experto en atormentar a otros además de atormentarse a sí mismos”, como definiría Gabbard (2012) el carácter masoquista común. Y es que, en la vida en común, ¿qué implica este carácter destructivo? ¿Cómo se transforma esa energía en otra cosa que sea verdaderamente buena para la persona, para lo colectivo? ¿Cómo transformar el goce en deseo en una sociedad cuya capacidad de amar está cada vez más debilitada?

Puede que al escorpión solo se le pudiera convencer mediante el lenguaje del amor de que no picara a la rana. De que hiciera una cosa diferente. Elaborar el goce en otra cosa, transformarlo a través del amor, o como diría Freud al final de El malestar en la cultura “solo el eros puede sujetar a la pulsión de muerte”.

Beatriz Redondo López – Samaniego

Referencias:

Fisher, M. (2018). Bueno para nada, en Los Fantasmas de mi vida. Caja Negra.

Bifo, B. F. (2017) Texto en respuesta a “Bueno para nada”. Revista Emera, Crítica e Sovversioni del Presente.

Carmona, M., Padilla, J. (2022). Malestamos: Cuando estar mal es un problema colectivo. Capitán Swing Libros.

Gabbard, G. O. (2012) Masochism as a multiply-determined phenomenon. En D.Holtzman D., Kulish N., The clinical problem of masochism (pp. 103-112). Jason Aronson.

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