¿Qué hacer ante las rabietas infantiles?

rabietas

Una pataleta infantil es algo cotidiano. Todos hemos presenciado la transmutación de un/a niño/a encantador/a en plaga bíblica en cuestión de minutos. Cuando algo así sucede de manera poco frecuente no debemos preocuparnos o culparnos. El comportamiento disruptivo, o berrinche o rabieta, forma parte del desarrollo del niño y suele darse entre los 2 y los 5 años. Generalmente desaparece progresivamente. Sin embargo en algunos casos, debido a su intensidad, frecuencia y/o persistencia pueden amenazar el desarrollo normal del niño y el bienestar de las personas que le rodean. La situación puede agravarse si se generan conflictos en el ámbito familiar o si los padres no intervienen de una forma adecuada.

Habitualmente entendemos que los niños instrumentalizan la rabieta con el fin de llamar la atención o manipular a los adultos para obtener lo que desean. Sin embargo, en ocasiones estos comportamientos responden a su falta de comprensión del entorno.

Debemos ofrecer claridad y coherencia sobre lo que esperamos de él en cada momento, y lo que no está y no está permitido. La comunicación es clave. Al hablar con el niño debemos asegurarnos de que nos ha escuchado y entendido. Las normas deberán ser claras, concisas y coherentes. Es importante practicar con el ejemplo y no sólo cuando nos comunicamos con nuestro retoño; si queremos fomentar tolerancia a la frustración, no deberemos maldecir en su presencia ante el tráfico. Si queremos promover una comunicación positiva, mejor será no dirigirnos con gritos a nuestra pareja. También deberemos implicarnos, especialmente cuando son más pequeños, en la aplicación de las normas. Por ejemplo, podemos ayudarle a recoger los juguetes para que aprenda cómo hacerlo y valore el esfuerzo compartido.

A continuación se describe de manera práctica como actuar cuando el comportamiento disruptivo o rabieta comienza a ser problemático:

  • La respuesta inicial debe ignorar el comportamiento e intentar continuar lo que se está haciendo.
  • Es importante mostrar qué impacto tiene en nosotros la rabieta: “no me gusta que te pongas así.”
  • Señalar cual es el comportamiento alternativo que esperamos: “sí te calmas y me hablas bien, te entenderé y te podré ayudar.”
  • Si el niño eleva el tono y se aproxima a algún objeto peligroso para él o valioso para nosotros (ignorar no implica debamos permitir que meta los dedos en el enchufe o que rompa el Sagardelos que nos regaló su abuela), le retiramos con calma del objeto o situación peligrosa.
  • Salir del espacio o la situación (en la medida de lo posible) y esperar unos minutos.
  • Si el niño o niña mantiene el berrinche, continuar con nuestros quehaceres, mantener la retirada de atención y volver al inicio.

Cuando el niño de por terminado el berrinche, reclame o no nuestra atención en un tono más adecuado, debemos poner todo el énfasis en reforzar su comportamiento. A veces es realmente complicado, porque en ese momento nuestra serenidad hace aguas y estamos realmente enfadados o disgustados. Haciendo de tripas corazón, tendremos que intentar olvidar que nuestro vástago la ha liado parda y debemos enfatizar que sin gritos, agresión o llanto estaremos accesibles y listos para ofrecer nuestra ayuda.

Debemos tener en cuenta que cuanto más tiempo lleven produciéndose los berrinches más difícil será su extinción. Para conseguir resultados es preciso que los educadores sean consistentes y coherentes cada vez que aparezca el comportamiento problemático. Si empleamos las pautas de manera intermitente se reducen considerablemente las posibilidades de éxito. Si comenzamos las pautas, pero llegado un punto cedemos ante su voluntad, el niño puede aprender que si eleva la intensidad nos ganará en el pulso. En este caso los resultados serán adversos.

También es conveniente tener presente que inicialmente es muy probable que el niño aumente la frecuencia e intensidad de su comportamiento negativo. Sólo si nos mantenemos constantes obtendremos los frutos deseados.

La utilización del refuerzo positivo es crucial, especialmente en las etapas más tempranas. Debemos premiar el comportamiento colaborativo o la resolución de un conflicto de una forma adecuada. Es decir, cuando observemos que en una situación que anteriormente podría haber provocado una pataleta y el niño se ha mostrado relativamente tranquilo, debemos señalar lo bien que se ha portado y lo mucho que nos gusta que sea tan bueno y maravilloso.

Por último, y no por ello menos importante, no olvidemos que somos humanos antes que padres. Una autoexigencia o culpa exacerbada puede ser nuestro peor enemigo. No debemos torturarnos si no conseguimos ser superpadres o supermadres en cada momento de nuestras vidas. La paternidad zen es un lujo al alcance de muy pocos.

David Martín Escudero

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